La vanidad dura exactamente una hora y cuarto. Lo que se tarda en la presentación de un libro, inaugurar una exposición o pronunciar una charla.
Para que la vanidad se presente en su justa medida, y esté abonada con el estiércol de la superchería, el político de turno estirará su rictus, con cara de entendido en la materia, mientras de hinojos se ha de situar el artista, el pintor, el escritor o el fotógrafo.
Claro que para hincarse de hinojos, previamente, se ha de estar unos dos años dorando la píldora al susodicho político así: invitándole a un par de cortados al mes al hacerse el encontradizo en el bar mañanero, saludarlo a distancia en las procesiones y romerías varias y controlar con efectividad, y sagacidad, la insistencia para que no parezca “y de lo mío, ¿qué?”. Y toda esta lucha es para que la vanidad dure hora y cuarto.
Pero hay espíritus libres. Yo conozco a unos cuantos. Muy libres!!





























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