El Teide se asoma en la tarde vespertina del Puertillo para anunciar el final de la jornada. Es costumbre ancestral. También indicaba el camino a Doramas que, al descender de las cumbres, bañaba su cuerpo en las playas de Quintanilla. Así que el Teide es algo así como la casa de todos, un lugar común. Su presencia nos señala que es nuestro, independientemente de la isla en que nos encontremos. Por eso desde el Puertillo, las estelas marinas hablan del camino a seguir, del encuentro más soñado y deseado. Así que cada tarde ansiamos que el cielo se despeje para comprender su inmensidad. Es la manera que tiene el Teide de saludarnos. Es la forma de reconocer nuestra condición de isleños. De isleños universales y cosmopolitas.





























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