En el Guiniguada (I)

Opinion

juanferreraTrabajé al lado del barranco del Guiniguada durante cuarenta y tres años, así que lo he visto crecer, inundarse con las lluvias fuertes y, por último, desaparecer bajo el asfalto. Pero, a pesar de todo, la calle mantiene su encanto. Sí, ya sé que no es como antes, pero, ahora, ofrece más tranquilidad y la gente se detiene y saluda con pachorra isleña.

La zapatería de Maestro Cipriano, donde trabajé, estaba ahí mismo, a la izquierda, y era aquello un verdadero punto de encuentro donde las mujeres entraban con cautela misteriosa y salían con una sonrisa en los labios. Era Maestro Cipriano, mi jefe, un hombre peculiar: gritaba mucho, pero en cuanto lo tratabas un poco comprendías que no eran gritos, sino que hablaba alto. Estuve acompañándolo durante cuarenta y tres años. A los doce entré como aprendiz y allí se me pasaron los tiempos. Incluso algunos clientes pensaban que era su hijo. Siempre me trató bien y yo, la verdad, tampoco le di ningún motivo de queja. Es más, era él el que me hablaba de subirme el sueldo porque yo nunca decía nada. Lo cierto es que nunca me sentí mal allí. Con lo que ganaba logré levantar una pequeña casa en Los Tarahales, donde al principio no había ni casas, solo tierra polvorienta que en los días ventosos transformaba la calle en un desierto desagradable. En el GuiniguadaCuando llegaba el verano, Maestro Cipriano diseñaba unas chanclas cómodas y ligeras que en los primeros turistas despistados que llegaban a capital causó sensación. Todos los veranos pasaba lo mismo: las chanclas para mujeres se pusieron de moda. Y, después de los turistas, las señoritas de la burguesía local (digo lo de burguesía porque lo aprendí cuando mi hijo Juanito me lo explicó un día que estudiaba para un examen de Historia) las encargaban y, desesperadas por usarlas, las querían para ayer. Por allí apareció una vez don Adán del Vergel y Murphy, que también tenía casa en Los Dolores, para presentar las quejas:

--- Mire, don Cipriano: mis hijas y sus amigas están como locas imitando a las extranjeras esas que recalan por aquí. ¿No podría usted decirles que no hace más chanclas de esas? --- dijo don Adán al mismo tiempo que le pedía disculpas a mi jefe.

--- Pero, don Adán, son nuevos tiempos y ya...

--- No siga, don Cipriano, sé que es su trabajo y, como tal, sagrado. Disculpe las molestias pero es que a esta juventud de ahora cada vez la entiendo menos. Yo, más que nada lo digo, por si perdemos la identidad.

Y salía don Adán del Vergel y Murphy de la zapatería rumiando entre dientes, mientras mi jefe sonreía “canariamente”.

Así que cada verano las ventas aumentaban una barbaridad y mi sueldo también. No se quedaba atrás Maestro Cipriano; para nada.

(del inédito libro APENAS UN INSTANTE)


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