Donald Trump, aspirante al fracaso del boicot europeísta
Tras una primera impresión de que no podía pasar que un candidato a la presidencia machista, xenófobo y populista que prometía una nueva grandeza para EE.UU sacase los votos necesarios con los que liderar una ofensiva contra todo lo que se le presentase “a tiro”, fuese mediante la instalación de un muro con el que defender su obcecado nacionalismo proteccionista, unas leyes para derogar las instaladas y que a sus correligionarios no beneficiaban como la asistencia sanitaria, un veto a las energías renovables como consecuencia del buen negocio de las empresas energéticas alineadas a su entorno, la imposición de una subida de las provisiones armamentísticas de la OTAN con una amenaza a abandonarla de inmediato si sus peticiones no se tenían en cuenta, un carácter inapropiado para un líder de una potencia mundial y una afección por la familia para ubicarlas en lugares de primacía no elegidos por los ciudadanos y ciudadanas americanos; entre otras muchas disposiciones absolutistas, el escepticismo de las naciones con un nivel de negocio más o menos provechoso con los mercados estadounidenses, fuesen capaces de absorber el aluvión de tanto disparate, el mundo se queda absorto ante el evidente cambio en las formas que la política está comenzando a tomar entre las mayores potencias mundiales.
Ya a nivel europeo es considerado el cambio en el sistema político como fundamental para el progreso social, no obstante, esté viene siempre de la mano inflexible de un radicalismo extremo que rechazan la inmensa mayoría de los integrantes de las diferentes sociedades sobre las que intenta instaurarse. Desde la lejanía de una potencia bélica, comercial y humana como China, Japón o como no, Estados Unidos, a Europa se le considera un contrincante incómodo para sustentar la oleada de competitividad de sus mercados internacionales y tal vez, entre otras muchas cuestiones como la cultural, estén diseñando en el oscurantismo de la política una nueva dimensión de barreras concienzudamente edificadas para someter al viejo continente a sus demandas y exprimir con sus tentáculos comerciales el porvenir de nuestro sistema nacional y europeísta, algo que ya ha hecho tomar posiciones a Reino Unido, amigo histórico de EEUU.
Para hacer retroceder en su dinámica proteccionista al líder Trump hay que idear una barrera europea lo suficientemente capaz de aguantar la avalancha de irrupciones provenientes de las potencias emblemáticas a nivel mundial y coordinar esfuerzos coherentes, verosímiles y sustentados en medidas de mercado común, de fiscalidad, de leyes comerciales y normas estratégicas que no dejen vía libre a estos mercados extranjeros o fisuras por las que entren a competir deslealmente con nuestras empresas.
Todo comienza por el círculo más cercano, el de la sociedad española y sus confrontaciones políticas en el Parlamento y que son muy bien vistas por los representantes internacionales de los países en busca de la mejor oportunidad para comenzar a trabajar en la búsqueda del mejor partido, el que le otorgue el favor suficiente y le asista en sus peticiones. Estamos a tiempo de entrar a formar parte de la élite europea, para ello tan solo hay que trabajar en pos de un bien común de la sociedad española, no influir en abstracciones superfluas a las que podríamos considerar como secundarias y alinear esfuerzos para que nuestros mercados sean competitivos, nuestros trabajadores en primera fila de los mejor formados del continente y nuestros jóvenes con un futuro inmediato en el que empezar a dar señales de que con una política resuelta y comprometida cualquier formación podrá llevarse “el gato al agua” de la confianza ciudadana siempre que la palabra sea escrita y el escrito convenientemente tratado.































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