Mami, mi gran amiga Aúrea Aguiar (I)
Desde mi ventana la contemplaba todas las mañanas de verano, de pie mirando al mar, junto al muro de la playa de Sardina. Me producía ternura verla, entrañable su figura, y me encantó que un día me pidiera que la tuteara y que la llamara Mami, como hacía su familia, porque me consideraba uno más del clan. Solía visitarla cada mañana para llevarle y leerle, teatralizando muchas veces, los escritos que ella había elaborado y que yo pasaba al ordenador, en el cual guardo una carpeta con su nombre que contiene infinidad de textos y poemas suyos. Yo silbaba ante su puerta, en lugar de tocar con los nudillos, un silbido cariñoso, y a ella le dio por llamarme “mi pinzón azul”, que para mí fue todo un cumplido. Mientras leía e interpretaba, jugando, ella escuchaba atentamente, con alguna que otra lágrima furtiva que la emoción le hacía derramar, y me decía que yo le alegraba las mañanas, otro piropo más. Teníamos una relación preciosa, incluso cuando le pellizcaba la mejilla, que no le gustaba, y entonces me pegaba en la mano y, ligeramente soliviantada, me decía: “¡Mira que eres ruin!"
Además de escribir, le gustaba pescar al amanecer, mantener conversaciones con quien se acercara a su puerta, contemplar el mar, escuchar el graznido de las gaviotas, leer, leer siempre (verla rodeada de libros es una imagen que nunca se me borrará), sentarse en la terraza de un bar, de tertulias con sus amigas, ir al cine o al teatro... y tomar un whiskito, como decía ella, en las comidas. A propósito del whisky, un día que se puso mala y la ingresaron en el hospital, una de sus hijas la regañó:
-A ver si va a ser el whisky el causante de esa enfermedad.
Y ella estuvo preocupada durante su estancia en la clínica, pensando que si le quitaban el único vicio que tenía le harían una mala jugada. Por eso, cuando le dieron el alta, delante de la hija que la había amonestado, preguntó al doctor:
-¿Usted cree que un whisky o dos al día me sentarían mal?
Por supuesto que no, señora. Eso no tiene nada que ver, le respondió el médico, y a ella le brillaron los ojos de felicidad. Y fue después de tomarse uno, en el Casino de Gáldar, jugando al bingo con sus amigas, cuando, en medio de una carcajada, la sorprendió la muerte. Contaba noventa y tres años y había tenido una vejez envidiable.
Como sentido homenaje a Mami, mi gran amiga Aúrea Aguiar, transcribo un pasaje de uno de sus textos:
“Escribo. Escribo sólo para mí. Nadie me lee. Quisiera comunicar mis sentimientos a los demás y mirarnos a los ojos mientras hablamos. Soy así de sentimental. Tengo miedo de escribir lo que siento. ¿Qué pensarán si digo que, en la noche, subo al pico más alto a correr con las estrellas fugaces? ¿Qué dirían si les cuento que hablo con el silencio y que el silencio me responde? ¿Con qué ojos me mirarían si confieso que tengo un amor imaginario que colma mis deseos? Seguro que pensarán que estoy loca si digo que el sol, la luna y el viento corren a mi encuentro para fundirnos en un abrazo, o que cuando me acerco a la mar, las olas besan mis pies y las caracolas me cantan canciones de amor. Nadie me creerá. Nadie me leerá. Y yo seguiré escribiendo y soñando”.
Así era mi mami de Sardina, que guardaba en sus ojos la ilusión, la mirada curiosa y andarina que se perdía en el mar, su gran amor. Llevaré para siempre en la retina su bonita figura bajo el sol.
































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