La vida no sigue igual

Opinion

juanferreraMe vine para la capital; no me quedó más remedio. Dejé atrás mi pequeño pueblo, a mis padres y, debido a mis especiales circunstancias, logré un trabajo donde al menos se me trataba con cierta consideración. Allá de donde vengo, “pueblo chico, infierno grande”, como ustedes bien saben, no podía salir adelante. Esto de arrastrar un pasado republicano, aún hoy pesa. Y pesa porque, a pesar de cierta preparación que tienen algunas autoridades locales, la vanidad los animaliza y así se protegen de cualquier comentario “no sea que esto vaya para atrás otra vez”. Entré en varios despachos de distintos alcaldes y todos prometieron estudiar el caso, pero “lo dejaban estar”. Vi cómo mis amigos, poco a poco, salieron de las cuarterías; hoy llevan uniformes de limpieza viaria y andan encantados, unos gracias a Fulanito y otros a Menganito. Pero la idiocia es algo que se lleva para toda la vida. Y como me cansé de esperar, y de suplicar también, me trasladé a la capital cuando el turismo se vislumbraba en el horizonte. Hablo del tiempo de las tartanas y de las salas de fiesta. En una de ellas trabajé como portero de noche, con uniforme y todo, después de ventilarme el paseo de Las Canteras y toda La Isleta vendiendo lotería. Y no me iba nada mal. Ahora tampoco. Da para llegar justito a fin de mes. Cuando murieron mis padres vendí la pequeña casa, y pude comprar otra aún más pequeña en La Isleta.

La vida no sigue igualApenas regreso a mi pueblo: veo que los concejales cambian, que los pactos continúan, pero no observo que la apatía de los lugares chicos cambie. Incluso ahora hay algunas autoridades que dicen “haiga” y otras que no saben el significado de “desfachatez, intelectual y asumir”. Que yo no lo sepa, pase, que no he tenido estudios. Pero los que dicen gobernarnos “para el interés general” deberían estar más al loro; bueno, igual tampoco entienden esta expresión. Es verdad que mi pueblo es chico y entra poco dinero. Pero también es cierto que su infierno es grande, enorme, y a poco que levantes la voz, bueno, no, a poco que mantengas una opinión en el tiempo distinta a la oficial, estás condenado al ostracismo; al ostracismo local, que tiene más mala leche. Y me pregunto si los concejales conocen el significado de “ostracismo”. Es verdad que nunca pude acabar el bachillerato, el de antes. Pero leo los periódicos todos los días y preguntando aquí y allá mi vocabulario tengo, y retengo también. He pensado que abusaba siempre de las mismas palabras, pero ahora me he dado cuenta de que manejo unas cuantas, y, además, bien. Tampoco se crean ustedes que la vanidad crece en mí; si se patearan, como yo, diariamente el paseo de Las Canteras y, después, las entreveradas calles de La Isleta, verían que la dichosa vanidad y el orgullo quedan lejos. Igual es lo que les falta a los políticos de ahora: que ya no patean las calles de sus localidades, aunque sean pequeñas y estrechas. Algo directamente proporcional a sus mentalidades. Vamos, digo yo. De todas formas, les pido perdón por los vaivenes del relato, que es fruto de mi cabeza mal organizada, que va dando tumbos, como el “Tomás Morales”.

(del inédito libro APENAS UN INSTANTE)


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