Los manumisores de la democracia
Ciudadanos, fruto de la unión de organizaciones locales, abandonos de la UPD y alguna que otra fuga del PSOE y PP, se presentaron a los medios como los que iban a revitalizar los modos y prácticas democráticas en España. De hecho, a quienes quisiesen escucharles, les mostraban su interés por acabar de modo definitivo con la corrupción. Sobre todo, con la relación directa entre la política y aquella. Dicho de otro modo, y así apoyaron gobiernos minoritarios del PP y de PSOE, se promocionan como los adalides de la renovación democrática, con una aparente lucha sin cuartel contra la corrupción, la gangrena de la democracia.
Ante tal panorama, al de la corrupción me refiero, cualquier apuesta por su erradicación, es siempre bienvenida. Quienes hayan sufrido en sus carnes, directa o indirectamente, sus nocivos efectos mostrarán su apoyo. Probablemente, a quién le amarga un dulce, pensando en la definitiva desaparición de una lacra que tanto daño ha hecho. En tal sentido, durante los últimos comicios han ido vadeando el temporal de alguno u otro modo. Es cierto que, para quienes partieron de la nada, cualquier avance siempre se entiende como un éxito.
A su llegada, junto con las otras organizaciones novedosas, el bipartidismo vio cómo su hegemonía iba perdiendo posiciones. A partir de entonces, ya no iban a ser solo los del PP o los del PSOE. Las cifras ya eran otras, y surge la necesidad de la adopción de acuerdos para lograr gobierno. No importa a qué ámbito nos refiramos, en muchos de ellos la balanza se inclinaba hacia uno u otro lado, en función de la actuación de los denominados emergentes. Se lo tomaron en serio, al menos en apariencia, pues dedicaron sus declaraciones a ofrecerse como valedores de acuerdos. En algunos casos, hasta mediaba el cuento de la lechera. Ocasiones tuvimos de comprobar cómo la leche se desparramaba por el suelo y más allá.
Entre tanto, el sempiterno guardián de las esencias patrias, fiel a sus esperanzadores modos, aguardaba movimientos en las huestes contrarias. Siempre supo, o supuso, que tarde o temprano acabarían dándole la tan deseada segunda investidura como presidente. Y así sucedió. Con las correspondientes negociaciones, donde apareció como condición indispensable la regeneración democrática, se alcanzó un acuerdo de investidura. Acuerdo que puso en riesgo, y lo logró, la continuidad de Pedro Sánchez, sin el Antonio.
Cuando llega la hora de materializar el acuerdo de regeneración – de liberar a la democracia de sus cadenas –, se materializa lo ya sospechado. Los populares, cuando admitieron las exigencias ciudadanas, no se movían por otro interés que no fuese salir de la atonía del gobierno en funciones, para lograr la fortaleza del gobierno con investidura y, por lo tanto, plenipotenciario para hacer y deshacer a su antojo. Han sido muy claros, además al unísono como suelen hacerlo, eran lentejas, excedidas de chorizo, pero lentejas al fin.
Solo nos queda aguardar, con el apoyo del gobierno sin formar parte del mismo, poco efecto va a tener la retirada del mismo. Salvo, que necesite de los votos en el parlamento murciano, ahí ya se verá el efecto de la espantada. Eso, o que quienes tienen que ponerse de acuerdo lo hagan y presenten la tan temida, por “ese señor de Murcia del que usted me habla”, moción de censura.































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