La casa hace años que vive sola. Los bejeques del tejado son el último hilo de vida y esperanza que indican lo que fue. Y, en sus años mozos, la casa bullía de vida y alegría. Carmina y Juan, mis padres, la levantaron con la ayuda de amigos y familiares, como se hacían antes las casas. Y las cosas. Bueno, para los que no teníamos medios, la familia y las amistades echaban una mano. Les cuento esto porque hoy he regresado al lugar. Y la paradoja se ha hecho efectiva: ahora, rodeada de casas y edificios, la soledad se ha trasladado al interior. No pude entrar. Bueno, en realidad, tampoco tenía muchas ganas. Casi prefiero imaginar que ver el silencio susurrando en las viejas puertas del interior; si es que han sobrevivido a la lluvia y al viento. Con la imaginación también se llora. Y, ahora que me fijo, nunca tuvimos ventanas. Como la puerta siempre estaba abierta, el ruido de los carros y de los vendedores ambulantes hablaban de una calle bulliciosa. Las ventanas estaban dentro: las que daban al patio. No piensen ustedes que mi casa era oscura. ¡Qué va! La oscuridad vino cuando pasó aquello. Y digo aquello porque no quiero recordar. Así que no les contaré nada. Solo sé que la casa es la soledad petrificada.






























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.152