Los juegos de la edad primera acaso fueron los mejores; por eso nunca se olvidan.
Las carreras en el parque, los escondites y los saltos y brincos en las tardes norteñas configuran, en el recuerdo, un paraíso perdido con el que nos solemos tropezar. Es lo que tiene el tiempo, que bulle en nuestras cabezas en forma de pensamiento indeleble. Y recuerdo, en el horario de entonces, cuando anochecía temprano y contábamos las campanadas del reloj de la iglesia. ¡Y saltábamos de alegría cuando solo eran las siete! ¡Todavía nos quedaba una hora de juego!
Sí, sí: la tarde interminable. Entonces el tiempo tenía otra medida.































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