La sombra de la torre que se proyecta en la vieja fachada blanca sucede cada noviembre, cuando el otoño comienza a aventurar el invierno que vendrá, supuestamente frío.
La arquitectura de Arucas continuamente nos está hablando, pero nosotros, insensibles, no somos capaces de articular el diálogo con la ciudad que nos vio nacer. Ahora se habla mucho de saber interpretar las “señales” de la vida, las que se nos presentan ante nuestros ojos. Pues viene a resultar que la ciudad en la que vivimos nos las renueva cada año; sin embargo, enfrascados en la cotidianidad más absorbente, resultamos incapaces de mirar, interpretar y disfrutar. La ciudad está ahí. Y nos envía mensajes de diálogo de forma directa: sin pantallas, sin realidades digitales. O me hablas o me hablas. O dialogas o dialogas.
--- De todas maneras, yo no me voy a cansar; siempre pasará un vecino, acaso un fotógrafo aficionado, que, al menos, sabrá mirar y escudriñar--- dijo la ciudad a sus habitantes.































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