El amor ocupa siempre su lugar: no solo un rincón físico, sino espiritual también.
Así, ligeramente escondidos tras una palmera, la pareja habla, mira y se toca. Porque el amor es así. Y enseguida la pregunta surge: como ya hemos invadido su espacio íntimo, ¿de qué estarán hablando? ¿les preocupará algo? En el rostro de él se adivina una ligera sonrisa, acaso convertida en propuesta. En el de ella, una preocupación a medias, como si se lo estuviera pensando. Y así caminan juntos. Y buscan los lugares solitarios. Por eso la escultura trasciende lo que representa.
Al fin y al cabo, es la vida misma, que su autor ha sabido captar. Por eso cuando la miramos parece que estamos robando un momento único e íntimo.































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