En la bahía, donde El Morro de La Habana, la inactividad de fin de año es directamente proporcional al vaivén del mar
Las barcas se mecen en un mar tranquilo de polvo sahariano mientras que sus tripulantes charlan en la arena amarilla, dispuestos al enyesque del mediodía. Es lo que tiene la mar: que te impone su ritmo. Es el mediodía el tiempo del saludo y de la conversación, siempre renovada sobre la intensidad de la marea. A partir de ahí, cualquier tema sirve para afianzar la vecindad. Hablo de un lugar donde lo digital y tecnológico no han arribado en la orilla y ni siquiera se les espera. El hablar, el mirar a los ojos, las risas y los sentimientos se comparten como siempre ha sido: al natural, como la vida misma, sin trampa ni cartón.
Todavía hay lugares donde descubrir la verdadera realidad. Solo hay que detenerse y descubrirlos. Que no es poco.






























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