En cuanto subimos a las Medianías no solo la isla crece sino que se agranda en los intensos azules del mar y el cielo; la línea del horizonte nos marca el intermedio.
Si no fuera por el Atlántico, la isla sería más carcelaria y nos aprisionaría en su eterno vaivén recurrente de olas espumosas, que, en ocasiones, besan su orilla o arremeten con violencia contra los acantilados perpetuamente húmedos. Desde ese punto intermedio desde el que miramos, los tejados anuncian vivencias cotidianas en las que una solitaria farola ilumina la vida en cuanto el sol se oculta detrás del Teide. Por eso, la pachorra isleña debería ser Patrimonio de la Humanidad: es una actitud de defensa ante este mundo tan asirocado y veloz. Así que adentrarse en las Medianías isleñas es como estar a medio camino entre la tranquilidad y la inmediatez.
Y si ya llegamos al mismo centro de la isla, entonces la inmediatez ha ido a tomar por saco. Porque de eso se trata.





























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