Carmen Laforet, cuando escribía La isla y los demonios, pretendía que el protagonista de la novela fuera “la isla de Gran Canaria”. Y no sé por qué extraña razón la imagen me recuerda a la isla toda. Quizás sea porque el Puerto es la puerta de entrada y salida. O porque la bahía es un compendio de actitudes históricas que llega hasta la actualidad. O porque el mar cercano representa la otra parte de la isla.
Lo cierto es que Laforet trazó con certeras palabras lo que tal vez el resto de los mortales no acertamos a ver: que nuestro espacio más inmediato también es literario y personal: “la bahía espejeaba. Una niebla de luz difuminaba los contornos de los buques anclados, con la inútiles velas lacias”. Sigo creyendo que los lugares novelados por los escritores acentúan su presencia. Quiero decir que en cuanto acertamos a mirar con detenimiento no solo surgen fragmentos de novelas o versos delicados, sino que la presencia misma de los escritores se convierte en auténtica y permanente. Nunca se han ido del todo.
La bahía, el Puerto, nos los devuelven en la orilla en la que nos encontramos ahora. Es lo que tiene la Literatura.





























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