El marino mira la bahía como escudriñándola en su primera vez.
Mientras se reafirma en su mirada, piensa que la ciudad, pequeña, es agradable. Tienen un jeito especial los sitios chicos. Y el pirata echa de menos su lejana casa y su pequeña bahía, donde fondean las ilusiones del niño que fue. Cuando leyó el poema que lo marcó para siempre, siempre recuerda el verso más importante:
soy el capitán de mi alma.
Y hoy sigue pensando lo mismo. Ha recorrido medio mundo y ahora se dirige a los mares del sur. Quizás allí se tropiece con la travesía siempre soñada y con el amor verdadero. Por eso en su mirada hay nostalgia y deseo.
Pero, ahora, su mirada lleva el ritmo del mar en la ciudad pequeña.





























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