El tren delantero, persuasión y seducción

Opinion

landinEmilio González Déniz sabe que el hombre es un ser hecho de palabras y por eso nunca deja de escribir pues es un hacedor de historias con una capacidad singular para expresarse en registros muy diversos. Entre sus numerosas novelas destacan “El Obelisco”, “El llano amarillo”, “La mitad de un Credo”, “Bastardos de Bardinia”, “Sahara”, “Hotel Madrid”... Esta fecundidad supuso para sus lectores en 2014 un regalo en verso, “Mariposas imposibles”, un poemario en el que la mujer es el centro de sus versos y no es tratada como objeto ni pretexto poético.

Vuelve ahora a sorprendernos con un juguete narrativo -“El tren delantero”- que cuenta la vida de Vesta Lasarre, joven viuda del ejecutivo Arturo Zabalza que inesperadamente se ve asaltada por el detective Ernesto Cruz, quien le manifiesta sus dudas sobre las circunstancias de la muerte de su marido. Así arranca esta novela que, a su vez, intercala en el relato principal otras historias que van surgiendo como en flash-back, pues la protagonista y el detective comparten lecturas evocadoras de Madame Palourde, escritora de narraciones eróticas traducidas por Lasarre para la editorial que dirige Ricardo Estepa, un buen amigo de la familia. Con estos ingredientes, el autor configura una estructura de muñeca rusa que conduce al lector a través de una encrucijada de confesiones por parte de los protagonistas que se verán envueltos en una historia de persuasión y seducción. Así, de forma natural, asistimos a una mezcla imaginativa de erotismo, intriga y humor socarrón salpimentado con evocaciones del cine negro que consiguen atrapar al lector desde el inicio. Por tanto, que la protagonista se llame Vesta y Lasarre es una paradoja; que la escritora de novelas eróticas firme como Madame Palourde no solo es un guiño al humor, también es la constatación de que “escribir sobre lo biológicamente apetecible” - según Berlanga- es algo inmanente a todos los tiempos y a todas las geografías.

Comparte González Déniz con Michel Foucault que la sexualidad no puede ser descrita como un “impulso reacio, extraño por naturaleza e indócil”. Más bien aparece como un punto de paso para las relaciones de poder y “en las relaciones de poder la sexualidad no es el elemento más sordo, sino, más bien, uno de los que están dotados de la mayor instrumentalidad: utilizable para el mayor número de maniobras y capaz de servir de apoyo, de bisagra, a las más variadas estrategias”. En consecuencia, en esta novela la sexualidad y el erotismo son la justificación para vindicar que la mujer es el centro absoluto, también en el sexo, desmintiendo a Simone de Beauvoir -solo por esta vez- cuando afirmaba que la mujer se define y se distingue en relación con el hombre pues ella es lo inesencial frente a él, que es lo absoluto. Lo relevante, como siempre, es la búsqueda de la felicidad en libertad que todos llevamos grabado en el ADN.

En cuanto al estilo, creemos que la técnica narrativa de la confesión es todo un acierto del autor pues implica a los lectores ya que estos esperan leer esa revelación de intimidades, deseos y secretos. Se mantiene así la tensión narrativa hasta el final, cuando ya no quedan más matrioskas que sacar y todas las piezas encajan, incluido el título que pierde al final el significado connotativo. Nos ha cocinado Emilio González Déniz un plato que mezcla lo dulce con lo salado, lo ácido con picantes... La imaginación y el oficio dan como resultado una novela llena de contrastes y mezclas poco comunes, que hacen que su lectura sea un placer y una diversión que nos permitirá reflexionar sobre el afecto, la sexualidad, el deseo, la libertad... En suma, sobre la vida y la búsqueda de la felicidad, tan escurridiza.


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