Tachú en la memoria

Leonilo Molina Ramírez Miércoles, 23 de Noviembre de 2016 Tiempo de lectura:

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A los anales de la historia de Gáldar, con mérito propio, se incorpora un personaje con una vida, digamos un tanto singular, cargada de anécdotas y vivencias. Se trata, que nos dejase en fecha reciente, de Jesús Rodríguez García. Sí, es muy probable que por su filiación, la que aparece en su DNI, pocas personas sepan de quién se trata. Sin embargo, si decimos que Tachú acaba de fallecer, serán ahora otras menos las que desconozcan de su existencia y andanzas.


Quienes no lo conozcan personalmente, una rareza como otra cualquiera, quizá lo puedan identificar por el disfraz de Paco Bolaños y Totoño durante uno de esos carnavales en los que pusieron ese singular toque de imaginación a la fiesta. Uno de los personajes con los que ilustraron sus tantos disfraces fue precisamente el de Tachú. Si bien, no lo pongamos en duda, difícilmente podremos encontrar a persona alguna, habitante temporal o permanente de Gáldar, que desconociese al personaje real, a ese que, con sombrero tejano perfectamente colocado en su cabeza, en sus mejores años, transitaba el casco de Gáldar, saludando a diestro y siniestro a toda aquella persona que con él se cruzase.

El Tachú, parece que dejó heredero, nunca fue una persona conflictiva en el sentido estricto del término. Antes al contrario, si en ocasiones subía el tono de voz, siempre sabía poner freno a su lengua y pedir cumplidas disculpas. No, no se tome tal cuestión como una oda al difunto pues, ya se sabe, a quienes fallecen les corresponde la lisonja y el olvido de sus tropelías en vida. No entendemos sea este el caso. En los últimos años, cuando la vejez le fue mermando las fuerzas, pudimos verlo en la entrada de Gáldar, en la comúnmente conocida como La Oficina, sentado o recostado – según fuese la hora – en un banco que ya parecía ser de su propiedad, por las horas que pasaba en él.

Pero dejémoslo en su banco, aunque nunca dedicase sus días a las finanzas, y trasladémoslo a épocas más pretéritas. El Tachú que era habitual en los tercios de la legión. Era habitual, al menos así se contaba por la época, que con ocasión de alguna de sus travesuras (no eran sino eso, pues noble era un rato – y no es lisonja de difunto – e incapaz de fechoría) tuviese que incorporarse raudo y veloz a servir a la patria en tales tropas, para evitar las posibles consecuencias. Hacía gala, siempre mantuvo su hipertricosis pectoral bien al aire como signo de valentía legionaria, de su paso por los tercios. De su varonil disposición para el combate daba cuenta a quienes se parasen a escucharlo.

Más tarde, vinieron los años en que ya no era “apto para el servicio” y su ardor guerrero se vio desviado hacia el trabajo en las plataneras. Cambió el camuflaje militar por la indeleble mancha de platanera. Claro, también se vio obligado a sustituir la gorra, con la borla blandiendo sobre su rostro, por una más acorde a su nuevo oficio. Optó en este caso, por el sombreo tejano, incorporando ese nuevo estilo a su cotidianeidad. Así, se mostró en todo su esplendor con su nueva estética. Todo un personaje del lejano oeste, en su caso noroeste grancanario. Como buen ciudadano del oeste, no podría prescindir de su arma colgada al cinto. No puso un colt, que no era el de dejar muertos a su paso, sino un cuchillo canario, con el mismo que circulase entre las plataneras llevando a cabo las tareas propias de su nueva actividad. Eso sí, no renunció a continuar con su mata de pelo al aire, al pecho hago mención. Que, como no pudo ser de otro modo, con el inexorable paso del tiempo fue perdiendo densidad y pigmentación.

Durante su vida, gozó de innumerables anécdotas, dejemos una de tantas. La sucedida en ese su banco, donde pasaba algunas horas dormitando. En una ocasión, un Policía Local de Gáldar, que pasaba por donde él dormía, le comunicó que no era lugar para dormir. La respuesta no se hizo esperar, exponiéndole al municipal, el esfuerzo que le costaba poder conciliar el sueño en aquel lugar.

Este era Tachú, un personaje galdense que será recordado con mérito propio, del que alguien, con ocasión de su óbito, nos dijo que podría ser merecedor de la denominación de una calle. No tengo dudas al respecto, pues su paso por Gáldar propició un gran número de situaciones y anécdotas dignas de ser contadas, que en su momento causaron las risas de quienes las vivieron en primera persona.

Que la tierra te sea leve Tachú. Descansa en paz.


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