
Siempre en agosto las mañanas son tranquilas en la bajamar.
El mar, alejado de las casas en su huida, da una tregua antes de que empiece a mojarlas de nuevo y a limpiar las piedras de la orilla. No hay avenida. Mar y casas que se alongan en el azul. El ritmo de la existencia es paralelo al del mar, que en el verano se muestra más cariñoso. Casi se puede hablar con él. Pero no hay que fiarse. Ese mismo mar se ha llevado ya a varios vecinos que en su bravura nos devuelve sus recuerdos imborrables. Ni Pepe, ni Antonio, el de Teofilita, ni Miguel “el niño” volverán a la tertulia de la tienda de Felipe Garza. Sin embargo, sus opiniones permanecen en las viejas paredes adornadas de redes y farolas. Se les echa de menos, sobre todo, es en el asadero de sardinas, donde con sus guitarras y timples alegraban los momentos etílicos.
Siempre en agosto las mañanas son tranquilas en la bajamar de los recuerdos y de los amigos.




























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