“En aquellos años, con la bajamar, la playa se convertía, temprano, en una enorme pista de carreras. Como todavía no habían llegado los bañistas, la recorría de una esquina a la otra. Toda la playa para mí. Y como los amigos aún no habían bajado a jugar, en mi imaginación bullía una enorme pista de carreras donde, por supuesto, iba el primero; no podía ser de otra forma. O ganaba o ganaba. Luego, mi madre me llamaba para hacer los mandados a la tienda de Felipe Garza, que decía que se iba a retirar. Siempre lo conocí mayor y siempre hablaba de un retiro que nunca llegaba. Ahora creo que lo alargó más de la cuenta porque allí, en la pequeña trastienda, tenían lugar las mejores tertulias de verano que en la historia del pueblo han sido. Y creo que Felipe Garza no quería perderse la compañía de sus amigos y vecinos. Bueno, les dejo, que si no mi madre se me enfada y me pone a caldo. De pescado, por supuesto.”




























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