Las casas envejecen con las personas y con la desgana asociada al paso inexorable del tiempo. Hubo una vida en la que el balcón, alegre y risueño, permanecía abierto, como si fuera una prolongación de la calle donde el trajín mañanero empujaba la apacible existencia. En él se esperaba la llamada del amigo de la infancia o la del pretendiente ilusionado. O se veía pasar la Procesión de la Soledad en el silencio negro. O cómo caía la dulce lluvia; siempre sorprendente por su frescura y brevedad. Luego, cuando instalaron la farola tan cerca, las sillas alargaron la conversación. Consolidaron la vecindad las tertulias en las noches de verano.
Ahora, en cambio, ya casi ni se abre el balcón, ni nadie se asoma para percibir lo envejecida y triste que está la fachada. Cuesta caminar y cuesta mirar.
Y las ventanas, como dos enormes ojos cerrados y apagados, tiempo ha que han perdido el brillo de la luz. Sí, ojos cerrados...




























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.4