La solitaria palmera quiere emular a las torres de la iglesia.
No se resiste a quedarse atrás, a pesar de que baile sola. Mientras que las torres se hermanan en la lucha por sobresalir, la palmera aguanta el envite. Y no quiere renunciar. No desea ir a remolque de nadie. Tiene la suficiente personalidad y fuerza para seguir en la brega, en una pelea que mira al cielo azul convertido en terrero. “Aquí he nacido, de aquí nadie me echa”. La palmera se ha adueñado de los versos de Pedro Lezcano porque, además de reivindicar su canariedad, desea demostrar que en la resistencia y en el esfuerzo está la esencia de la vida.
Es lo que cada día nos dice cuando nos percatamos de su elevada presencia.



























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