Millares

Opinion

juanferreraCuando Luis y Agustín daban la acostumbrada vueltecita vespertina por el viejo muelle de San Telmo, sus miradas iban hilvanando en el aire nuboso y gris la nueva historia, que se materializaría, tiempo después, en la noche tranquila, donde las ideas se irían transformando en palabras eternas.

Al producirse el atasco, lo dejaban para el día siguiente porque la bahía, siempre la misma, cada tarde era diferente y cada sueño llevaba el ritmo, violento a veces, de las olas perennes. Es la bahía un alma llena de emociones. El tono lo encontraban al mezclar el salitre en sus manos pegajosas con el calor de la chimenea de la casa. Frecuentaban el muelle en las tardes frías de invierno, donde la bruma, a veces, hablaba de un profundo mar misterioso reflejado en los delicados versos de Morales y Rivero. Porque Luis y Agustín Millares Cubas se empeñaban en trascender el lugar y convertirlo en un elemento más del relato: un espacio universal y literario, como habían hecho las hermanas Brontë con el páramo de su comarca.

MIllares

Así, “los cuentos de la tierra canaria” de los hermanos Millares Cubas llevan el sello inconfundible de una literatura propia, auténtica, de mirada única, donde la contemplación del mar es, al mismo tiempo, no solo la otra parte de la isla, sino el conjunto de unos barrotes recurrentes de espuma blanca que, en determinadas ocasiones, logran paralizarnos.

Por eso he estado el otro día en el lugar que ellos pisaron. Y, al llegar, uno de sus personajes, medio enfadado, vino a saludarme: “¿por qué has tardado tanto?”, preguntó Anselmito, el protagonista de El eterno círculo, hombre de costumbres ciertas y de miedos marinos en el horizonte isleño.

(Del inédito libro APENAS UN INSTANTE)


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