Ojos de Garza y Tufia
A pesar de que ambos lugares van camino del sur, son playas del norte. Ojos de Garza y Tufia recuerdan a cualquier playa del norte isleño, donde ese espacio es más familiar que público. Son playas de la gente que siempre están abiertas a ser descubiertas por viajeros medio perdidos. Allí el verano es personal, familiar y único, como únicos son sus habitantes permanentes: gente que va al ritmo del mar y que mira la vida en la espuma blanca de cada ola. En la bajamar, Ojos de Garza se agranda dejando ver la arena amarilla: es el momento del corazón inmenso. Y de la tranquilidad mojada en los pies húmedos, donde se pisa con fuerza en las pasiones cotidianas.
En Tufia, donde la blancura se mezcla con el azul de las fachadas y muros y se confunde con el del mar en las tardes luminosas, protegida por la historia canaria, la vida resulta más bulliciosa y juvenil al abrigo de un acantilado que la resguarda de la mirada de los curiosos. Es un lugar perfecto para perderse y, al no ser encontrado, imaginar una nueva existencia al socaire de una playa que solo interrumpe su calma con el sonido cercano de los aviones, que, al ser tan familiares, parecen moverse como las olas muertas que llegan a la orilla, zarandeando las barcas adormiladas en la tarde de septiembre, antes de que la rutina de la noche endulce con sal marina el sueño de los que allí moran.
Son playas únicas Ojos de Garza y Tufia: son playas auténticas, sin trampa ni cartón; dispuestas siempre a sorprender al esporádico visitante que se ha pasado más de media vida sin descubrir estas bellezas que la Naturaleza nos ha regalado.




























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