La presencia del mar en la vida de los isleños es consustancial a su manera de ser. Su omnipresencia nos condiciona e incluso me atrevería a decir que sirve para definir los distintos estados de ánimo. Claro que los que viven en la costa saben interpretarlo mejor, tengo para mí, que los de tierra adentro, que sabemos más de nubes grises o claras. Aunque es un decir.
En la Literatura Canaria, y en la Pintura, su presencia es muy significativa. Es lo que tiene el ser isleño: una frontera azul que expansiona nuestra libertad e ilusiones; cuando se transforma el agua en un tono gris revuelto, parece aprisionarnos.
En ambos casos, la blancura de la espuma, la síntesis de todos los colores, nos invita al descanso y a la quietud. Y a la contemplación de la otra parte de la isla: el mar.



























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