Estimado lector, con toda seguridad usted sabe que el 8 de marzo de 1857 un grupo de obreras textiles tomaron las calles de Nueva York para protestar por las condiciones extremas en que trabajaban. Seguro que también conoce que a partir de aquella fecha se sucedieron distintos movimientos que reclamaba la igualdad de las mujeres, como la huelga del 5 de marzo de 1908, en Nueva York, en la que un grupo de mujeres reclamaba la igualdad salarial, la disminución de la jornada laboral a 10 horas -no, no es un error, a 10 horas- y un tiempo para poder amamantar a sus hijos. Y que, durante esa huelga, murieron más de un centenar de ellas quemadas en una fábrica de Sirtwoot Cotton, en un incendio que se atribuyó al dueño de la fábrica como respuesta a la huelga.
Incluso, estoy convencido de que conoce las gestas de muchas mujeres que, de una u otra forma, se han convertido en señeras en la lucha por la igualdad, como Isadora Duncan, Victoria Kent, o Concha Espina. También, en lo que a nuestra patria chica se refiere, estará al tanto de mujeres como Mercedes Pinto, Isabel Gonzales -también conocida como "Azucena Roja"-, Leonor Pérez Cabrera, o Isabel Hernández Marichal, entre otras muchas.
Pero, si bien es cierto que todas esas mujeres fueron protagonistas de algunos de los capítulos de la extensa, y todavía incompleta, historia de la lucha por la igualdad de género, no es menos cierto que la mayor parte de esta lucha fue -y sigue siendo- mantenida por una legión de mujeres que, ocultas tras el anonimato, han trabajado por romper las desigualdades respecto al hombre. Desigualdades que son consecuencias de unas ideas trasnochadas, alimentadas por algunos patrones culturales y religiosos.
Me estoy refiriendo a aquellas mujeres que abandonaban las tareas del campo justo en el momento en el que se ponían de parto, para parir a su casa; a las maestras rurales, que sin apenas contar con medios y con la incomprensión de ediles y vecinos, se afanaban para que las niñas fueran a la escuela. A ellas me refiero, a las pescaderas que recorrían los pueblos con las cestas de pesado en la cabeza; a las que "iban a servir" y por la noche aprendían a leer y a escribir, porque eso de la lectura y la escritura "era cosa de niños". A las de la alta sociedad que no querían ser educadas -"domadas"- bajo las pautas de una cultura machista y discriminatoria, que las convertirían en meros objetos de compañía de sus maridos. Sí a ellas me refiero, a las madres que, con el barreño en la cabeza y los hijos al cuadril, iban a lavar a la acequia, o al barranco. A las artesanas, las parteras, las curanderas...
Pero también me refiero a las mujeres que en la actualidad denuncian cuando son maltratadas; a las que luchan contra el mal trato y la desigualdad laboral. A las madres de familias monoparentales que saben compaginar sus vidas laborales con el cuidado y la educación de sus hijos...
Todas ellas forman parte de esa legión de mujeres que en la actualidad le dan verdadero sentido e importancia a la fecha del 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer.




























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