Ectoparásitos
Una vez más, como para escenificar la continuidad a pesar de los aires de cambio, se nos pone en evidencia lo tópico de determinados comportamientos. Vuelven a la carga, sin darse cuenta de la pérdida de protagonismo (o quizá por ello), y aparentan saber de todo. De todo y más que nadie. Entre las distintas majaderías, muchas más de las que podemos metabolizar, destaca la de esa señora, de tanta experiencia en el ámbito de la política, de nombre Celia. De nuevo, como nos tiene acostumbrados, sin necesidad de ayuda alguna se pone en evidencia. Su mención a la pediculosis, vino a demostrar la escasa solvencia de sus conocimientos en dicho ámbito. Como cabía esperar, claro.
Cuando la expresión popular (no me refiero a la opción política, sino a la acepción más rigurosa del término) nos dice que siempre habla quien tiene que callar, nos muestra con creces por donde se mueve la sabiduría más representativa. Es este el caso, no habrá que abundar demasiado en ello, para comprenderlo. La señora diputada en cuestión, a la luz de lo visto en las imágenes que de ella circulan, tiene sobrados motivos para mantenerse en el anonimato propiciado por su silencio. No puedo olvidarme, es una de esas situaciones grabadas y divulgadas, cómo se comportaba con el chófer del vehículo que le pagamos entre quienes contribuimos al erario público. Molesta, quizá por no ser la primera en salir, jaleaba al conductor con malos modos. Desconozco si hubo algún tipo de consecuencia; pero tenía todos los visos de ser susceptible de una denuncia por una posible afrenta a la dignidad de los trabajadores.
Con ocasión de la nueva legislatura, habida cuenta los cambios acaecidos, en el Congreso surgen nuevos rostros y novedosos estilos en la vestimenta, expresiones, etc. Ahí surge la controversia pues, entre las personas incorporadas a esta nueva hornada parlamentaria, fruto de los controvertidos comicios del 20D, aparecieron peinados singulares, no comunes entre sus señorías, acostumbradas a cuidados estilos de corte. Las rastas, al parecer por la algarabía originada, no son del gusto de sus señorías. De unas menos que de otras, como suele ser habitual en estos casos. Entre esas que no se sienten cómodas con su presencia (quizá no les siente bien a sus pulmones una bocanada de aire fresco), aparece la inefable ya mencionada. Nos dijo, con toda la contundencia de quien se cree con el dominio del conocimiento, que tenía a alguien cercano con ese mismo tipo de peinado, que mientras no le pegasen los piojos.
Su mención a los piojos denota cierto nivel de prejuicios, pues asocia determinados usos y costumbres a la presencia de los piojos y, con notable nivel de error, los relaciona con higiene capilar escasa, presuponiéndole al aludido tal circunstancia por el uso de rastas. Nada tienen que ver ambas situaciones, al menos no existe una relación causa efecto. Claro, no tiene porqué conocer tal circunstancia. Otra duda suscitan sus declaraciones, en la hipotética posibilidad de la presencia de los piojos, no sabemos cómo iban a transmitírselos pues, tampoco ha de saberlo, no suelen ni volar ni saltar y, qué quieren, no veo yo a la señora abrazando efusivamente al individuo en cuestión, si de parásitos estuviese habitado.
Esa repulsión por los ectoparásitos contrasta con la natural complacencia por los otros, los endoparásitos. Los que no son tan evidentes, permanecen ocultos en el interior, siendo su presencia detectada exclusivamente por los efectos producidos. No es aparente su presencia, siéndolo sin embargo el efecto nocivo de sus actuaciones. Aquello de ojos que no ven. Una dosis de hipocresía podría ocultarse tras este tipo de comportamientos. Porque cuando los endoparásitos, tan activos al parecer por sus efectos, actúan en el más oscuro de los secretos, ocultos a la mirada, provocan un daño incalculable – irreversible en ocasiones – que acaba aflorando cuando ya todo está totalmente podrido. Ahora, en contra de los deseos del Ministro del Interior (en funciones), el afloramiento de los endoparásitos comienza a reflejar cómo fueron, con un oculto pero hábil empeño, tan eficaces a la hora de ir provocando daño, en este caso atacando el erario y, con una resiliencia digna de encomio, nos expusieron un discurso, trufado de moralina, mientras sus acciones reales les conducían al saqueo de lo público, para mayor gloria de amistades y personas piadosas.
Ahora, cuando la actuación nociva ha quedado expuesta a la mirada de la totalidad, nos dejan claro de cuál es el motivo de sus fobias a los piojos, al parásito perceptible a simple vista, al ser más de endoparásitos. Todo hipocresía, sin límites pues cuando se ponen a dar voces por aquello contrario a sus intereses (no sé si naturales), están reflejando cómo les gusta parasitar, bajo una capa que oculte sus actuaciones, para evitar que otras personas les afeen sus acciones (para eso ya tienen su moralina) con sus ropajes de marca, nadie podría sospechar pues, en su modo de pensar, sólo quienes no visten con ropas caras y llevan peinados singulares, son susceptibles de generar desconfianza. Por lo demás, como queda oculto a las miradas, nada que objetar.




























Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.4