Sabes, la historia que te voy a contar no ha ocurrido todavía, por eso es solo un cuento. Pero ojalá que cuando seas mayor y tú se lo cuentes a otros niños este cuento ya se haya convertido en realidad.
Apenas había oscurecido cuando todos los niños de la Tierra, después de dejarle las cartas a los Reyes Magos junto a la puerta de entrada de sus casas, ya se habían acostado. Era la noche del cinco de enero, la noche mágica en la que los deseos de los niños se hacen realidad. Por eso, ilusionados, aquella noche se quedaron dormidos muy temprano.
Cuando en la mañana del Día de Reyes los niños de los pueblos del mundo se despertaron vieron como los Magos de Oriente les habían traído todos los regalos que les pidieron. A Perico le regalaron un balón de fútbol, a Laurita unos patines, aIbrahîm un camión de bomberos, a Yasmin una muñeca, Marjani una bicicleta, a Tajammul una cometa, y así todos los niños de la Tierra recibieron sus regalos.
Pero al lado de cada regalo había otro que los niños no habían pedido. Aquellos regalos iban dentro de unas cajitas verdes tan pequeñitas, tan pequeñitas, que en ellas apenas cabía la cabeza de un alfiler.
Sin saber cómo, lo más maravilloso sucedió cuando los niños comenzaron a abrir aquellas cajitas verdes, porque de su interior salían volando unos duendecillos muy simpáticos que, con letras de colores, llevaban escrito en sus alas palabras como paz, solidaridad, amor, felicidad, generosidad, alegría, justicia, perdón, altruismo...
Así, cuando los niños del mundo terminaron de abrir sus cajitas verdes, todos los pueblos de la Tierra se llenaron de duende voladores que llevaban en sus alitas escritas con muchos colores las palabras paz, solidaridad, amor, felicidad, generosidad, alegría, justicia, perdón, altruismo...
Y, sabes una cosa, después de que aquellos duendecillos se fueron navegando sobre las nubes, en la Tierra ya no hubieron más guerras y los hombres fueron felices, porque la justicia y la generosidad y todas aquellas palabras que llevaban los duendes dibujadas en sus alas les habían ganado a la avaricia, a la tristeza, al odio, y a todas aquellas palabras que no nos dejan ser felices porque manchan de tristeza nuestros corazones.



























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