De días negros
La imaginación debe ser un bien inflacionario. De otra cosa careceremos; sin embargo de aquella nos sobra. Tal exceso quizá se deba a su escasa utilización. Somos proclives a continuar con las prácticas de otras latitudes, como si careciésemos por aquí de las propias o, peor aún, de otras fruto de la imaginación, que permitan modernizar. Se ha hecho presente de la cotidianeidad, esa es otra. Mientras nos imponemos innovar, confundimos esta acción con un inequívoco mimetismo.
Si nos quejábamos por la fiesta de la calabaza hueca con iluminación interior, aún sin transcurrir un mes, nos hemos de sonrojar con otra de las pedanterías llegadas del más allá de los mares, del mismo de la calabaza. Se trata, por si alguien aún no ha tenido ocasión de sentir el reclamo: del viernes negro, o como se exprese en el idioma de sus promotores. Tiene, me dicen quienes conocen sus orígenes, interés por mantener activo el consumo de bienes, no sé si también de servicios. La algarabía previa, la suscitada por su día de acción de gracias (de nada, como signo de cordialidad), donde parecen haber echado la casa por la ventana (y al pavo relleno al horno), conduce a una moderación en el gasto. Arguyen, quienes saben de ello, de su eficacia para continuar con el fundamento del sistema económico sobre el que nos sustentamos: se mueve el dinero, sin quedar estancado por ese temor a quedar desasistido por su escasez.
Todo el mundo queda sumido en un frenesí consumidor. Quizá, cuando en eso nos entretenemos, no respondamos a nuestras necesidades más básicas. Expuestos al influjo de un ímpetu recolector, a un afán por llevar a nuestras viviendas algo, que en el peor de los casos, no nos aportará utilidad alguna, ni mejora en nuestra cotidianeidad, o como les gusta expresar: calidad de vida. En algunos casos, no lo pondré en duda, habrá quienes gocen de la suficiente capacidad previsora para adquirir algún bien de necesidad, tanto tiempo buscado y no adquirido por su precio. De todo hay, es cierto; pero cuando se observan esas algaradas, en vídeos del fenómeno, encontramos una prueba de las más primitivas esencias de supervivencia. La realidad es bien distinta pues, en términos generales, accedemos a nuestras necesidades básicas (cada cual tendrá las suyas) sin necesidad de entablar una esforzada lucha.
Cabe destacar otro aspecto, al menos por ahí circulan informaciones en tal sentido, el referido a las malas prácticas de algunos establecimientos. Se concreta en la subida artificiosa de precios para, con ocasión del tristemente famoso día negro, rebajarlos a valores superiores a los consignados con anterioridad. No voy a afirmar ni a negar nada al respecto. Sí he podido observar alguna supuesta errata en el marcado del precio de bienes de consumo. Casualmente, favoreciendo al establecimiento en cuestión. Me refiero a precios en la estantería que, en el momento de ser escaneado el código de barras correspondiente, aumentan sin explicación. Eso sí, muchas veces, por la prisa solo lo descubres cuando llegas al lugar donde guardas lo adquirido. Quienes se refirieron a tal práctica lo ilustraban con imágenes. Ahí queda, por si alguien tiene experiencia en dicho asunto.
Todo lo anterior no tendría importancia, pues cada cual hace con su pecunia aquello que considere más adecuado para sus intereses. Lo grave es la capacidad de manipulación, el comportamiento gregario de la población, de día en día más acusado. Ese interés por mover el consumo cuando aún se presenta un nivel elevado de paro, por no hablar del trabajo precario y mal remunerado. Y por qué no, por la majadera insistencia en importar costumbres foráneas, sin ni siquiera conocer las propias. Quizá por ello, nos vaya como nos va, que cualquier personaje con corbata y discurso edulcorado, carente de coherencia, acaba logrando una pensión sin parangón sin necesidad de cotizar durante los años que establece la última reserva de las pensiones, le basta con estar en el Congreso de los Diputados.



























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