Luna
En las noches enlunadas, sus preferidas, se le veía siempre. No se perdía una, aunque lloviera, tronara o la dichosa calima rodeara de polvo su eterna blancura de esperanzas marchitas.
Todas las noches de Luna llena recorría las calles de su ciudad para disfrutarla desde distintos ángulos. A pesar de ser siempre la misma, él apreciaba y notaba las diferencias: alegre, triste, melancólica y risueña; aunque eso dependía más de su estado de ánimo. Era la Luna un sol blanco en la noche encendida. No concebía el dejar de verla, por eso le rogaba a la Virgen del Pino que le conservara siempre la vista.Era la Luna un sol blanco en la noche encendida. No concebía el dejar de verla, por eso le rogaba a la Virgen del Pino que le conservara siempre la vista. Era lo que su madre siempre pedía, sabedora de otras oscuridades, y que una noche de abril le contó cuando apenas tenía once años. Tenía el don de la sorpresa: siempre guardaba algo en su interior que, en ocasiones señaladas, repartía entre sus hijos. Así que aquellas idas y venidas con la Luna eran, en realidad, idas y venidas con su madre, a la que añoraba desesperadamente. La Luna lo arrullaba con palabras blancas de alfabetos lejanos; lo tranquilizaba escondiéndose entre ligeras y delicadas nubes nocturnas y, con la intensidad de su luz, le alegraba el corazón dolorido.
Por eso no dejaba atrás ninguna Luna llena. Ni nueva tampoco.




























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