Paseos nocturnos
No era extraño verlo sentado en el Parque de San Juan: amaba la sombra negra en el parque de su infancia.
Con los años se había hecho más retraído, más silencioso. Así que no era raro verle pasear por su Arucas natal, recreándose en las calles, siempre llenas de recuerdos, y en las casas, imaginándolas con todas las comodidades que él anhelaba. Vivía en la Hoya de san Juan, en una casa terrera en la que el sol daba casi todo el día, y donde la azotea era el gran ventanal de las añoradas ilusiones. Colombófilo empedernido, veía volar cada tarde sus guardados deseos. Sin embargo, Casimiro Díaz no podía resistirse a las noches aruquenses. Hubo un tiempo en que los municipales le preguntaban que qué hacía. "Pasear" respondía él. Y ante tal argumento los guardias lo daban por perdido cariñosamente. Es más, les hacía compañía en la plaza, donde siempre había uno vigilando toda la noche. Así que Casimiro Díaz se convirtió casi en un compañero más.
Casimiro Díaz no podía resistirse a las noches aruquenses. Hubo un tiempo en que los municipales le preguntaban que qué hacía. "Pasear" respondía él. Y ante tal argumento los guardias lo daban por perdido cariñosamente.Taciturno y melancólico, Casimiro vivía su soledad en silencios pegados al olvido. Ni padres ni hermanos; solo sus fotos, poquísimas. Trabajaba en las tierras de don Miguel Hernández, y tenía la costumbre de las novelas del oeste; por eso se acercaba casi todas las tardes al Frontón a intercambiarlas. Las de Marcial Lafuente Estefanía le parecían geniales. Y como una cosa lleva a la otra, imaginaba en sus paseos nocturnos que él también era un vaquero o un sheriff del salvaje oeste. Y en ese ensimismamiento rumiaba su vida y sus miedos.
Pero sucedió que conoció a Camila Santa Fe, de La Goleta. Había cruzado con ella alguna mirada que otra a la salida de misa mayor, la de los domingos. Hasta que un día, inesperadamente y por pura casualidad, delante del escaparate de Clarita Almeida, en la céntrica calle de León y Castillo, una mañana de Navidad comentaron las extraordinarias figuritas de barro del Belén. Y así, entre sonrisas y nervios, dieron el primer paseo y quedaron un día, y otro, y otro, y...





























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