
“Anochece más temprano”, sencillamente, porque Pablo Milanés ha tomado la decisión de trasladarse a la eternidad.
“Anochece más temprano” no es solo una expresión que define el tiempo que nos hemos marcado. Podríamos hablar de una actitud, una manera de ser: por ejemplo, ante las autoridades europeas, que, arrogantes en sus bruselenses despachos, incapaces se muestran en conectar con la gente de a pie. También pudiera ser la característica que el otoño adopta para protegernos de la maldad cotidiana; además, podríamos referirnos al lugar donde el criterio se establece y la lentitud, que hemos perdido al estar permanente y fuertemente conectados, deberían verificarse.
Tal vez si la naturalidad regresara y el viejo horario se impusiera, acaso sería la primera medida, verdaderamente revolucionaria de los últimos tiempos, que nos conduzca a una mirada detenida; a un descanso ansiado; a no perder ni renunciar al derecho a no hacer nada; a un camino en el que logremos ver con claridad las flores que en su orilla habitan; a un paso que alcance la conversación detenida y la charla distendida y, sobre todo, el deseo de poder disfrutar del encuentro con los ojos del otro…
Sí, “anochece más temprano”, pero eso no debe impedir que la contemplación y el descubrimiento se detengan, que la palabra se desboque en el sumidero de la mediocridad, que las redes sociales se empoderen aún más en su irreverente desesperación e impertinencia, que levantemos la mirada y que encamine sus pasos al encuentro donde la sinceridad sea un valor y un derecho, y la honestidad vuelva a reinar, y la mentira desaparezca y el diálogo alcance la velocidad de crucero que esta alocada sociedad ansía, aunque, aparentemente, oculte su verdadero rostro.
Y que las luces navideñas que las autoridades han determinado aumentar, y gastar, no nos impidan ver la gestión invadida “de medias verdades interesadas” que solo buscan el voto fácil y la irreflexión.
A pesar de que la noche llegue más temprano, le sucederá el día que, agazapado, siempre acecha a la vuelta de una esquina ventosa y fría.
Juan FERRERA GIL






























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