Una historia de amor perruna
Ya había oscurecido aquella fría tarde de invierno cuando encontraron a Colilla, un pequeño perro abandonado, un mil leches que no podía medir más de 30 centímetros de alto por 40 de largo.
Tenía tantas pulgas que se las podía ver saltar sobre su lomo.
Después de aseado y alimentado, le llevaron a la finca de su benefactor.
Allí vivía Tina, una hermosa hembra de pastor alemán, de pelo casi blanco en el pecho y castaño en el lomo.
El pobre Colilla quedó prendado ante tanta belleza. Se pasaba los días echado sobre sus patas delanteras sin decir nada, sólo observando a la perra.
Pero resulta que, tiempo más tarde, trajeron a la finca a Thor, un ejemplar semental de la misma raza que Tina, pelirrojo en pecho y azabache en lomo.
Apartaron a Colilla y metieron a la pareja en un habitáculo preparado para la ocasión.
En la distancia, el pequeño enamorado observaba la escena, llorando entre murmullos.
De repente Tina, oyendo sin duda el lamento, se revolvió contra su galán, al que tuvieron que sacar de allí antes de que la cosa fuera a mayores.
Viendo lo ocurrido, el dueño del lugar exclamó:
-A estos dos hay que separarlos. Está claro que se quieren, aunque la diferencia de estatura es evidente; y como la naturaleza es sabia, seguro que sabrían qué hacer.
Así que enviaron a Colilla con otra familia.
No pasó mucho tiempo, y Tina empezó a enfermar. Se le caía el pelo y siempre estaba triste, hasta que murió.
De Colilla, la verdad, no supe nada más, quizás sintió la llamada de su espíritu libre, y volvió a sus orígenes.
Este relato de amor sin final feliz me hace pensar en lo incontables niños y niñas, que son obligados a contraer matrimonio por imposición, o vendidos a un maloliente y adinerado viejo, condenados para siempre a no conocer el infinito placer de amar o ser amado.
Una auténtica aberración, bajo mi punto de vista.
Miguel Rodriguez Romero































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