LA BRISA DE LA BAHÍA (99). “Todo va a mejorar”, de Almudena Grandes

Juan FERRERA GIL Lunes, 07 de Noviembre de 2022 Tiempo de lectura:

99. AGrandes

Acabo de leer la última novela, sí, desgraciadamente será siempre la última, de Almudena Grandes, Todo va a mejorar, Tusquets Editores, Barcelona, 2022, y me ha dejado paralizado, en el buen sentido del término: ¿y si sucediera lo que nos cuenta? Por un lado, este detenimiento llega desde la tristeza de no poder leer nada nuevo de la escritora madrileña, y, por otro, la pasión que la autora de El corazón helado sentía por la Literatura se verifica, una vez más, en el extraordinario entusiasmo que aprecia por la escritura, que no solo era su medio de vida sino que nosotros, sus lectores, tan diferentes y únicos, el mejor homenaje personal con el que podemos contribuir a aportar un grano de arena es leerla nueva y continuamente, porque poseedores somos de recovecos literarios que, de manera inevitable, desembocan en las diferentes miradas con las que intentamos estrujar la realidad.

Sabemos que siempre Grandes estará ahí, en su sitio, con su rasgada voz y con sus novelas que nos fijan los pies al suelo, anclándolos, como nos ha sucedido en esta ocasión: la escritora madrileña es una fábrica imparable en la creación de personajes más que interesantes: variados, sólidos, creíbles, imperfectos y verosímiles, que a nuestro lado están e incapaces somos de apreciar su presencia. La capacidad de Almudena Grandes para hilvanar esta historia no solo obedece a una estructura perfectamente planificada, sino al hecho de hacernos ver y participar de su peculiar disposición con la que afrontar la realidad más inmediata: no solo habla de una España futura que bien pudo haber surgido de aquel confinamiento de 2020, (aquellos lodos, aquellos barros…), sino que, además, critica la que ahora vivimos. Es verdad que este último trabajo nos advierte de una posible realidad futura, nefasta y desagradable, pero al mismo tiempo sienta las bases para que sepamos, y aprendamos, a discernir el valor de la realidad que ahora pisamos, no pisoteamos, y que empeñada se muestra en fijar el camino de la normalidad.

La autora de Los besos en el pan ha sabido crear un relato vertiginoso, una historia tan actual y pegada al cuerpo como la pandemia que hemos padecido y que, desde su mismo planteamiento, ha sabido captar toda nuestra atención. Su lectura, y es la primera vez que la sentimos tan cercana ahora que no está, ha sido como embarcar en un crucero donde la apacibilidad del mar, acompañada de un cielo encapotado, se ha convertido en una especie de refugio desde el que hemos podido avanzar: nos ha dejado pensando e intentando descubrir, en el Lomo Jurgón que tenemos aquí al lado, el significado exacto de sus palabras en un día azul claro de otoño. Es, como ya saben, inteligentes lectores, una escritora sólida y coherente y se nos antoja que, además, se adueña de las palabras, que, rendidas a su imaginación, se prodigan en sus 500 páginas.

En esta ocasión hemos sentido la grata sensación de que la historia no se alargaba innecesariamente: todo parece encajar en su sitio y todo resulta preciso y efectivo. Este canto a la libertad, mientras su vida se iba apagando, es más que una cabezonería de la escritora: es la mirada de quien sabe mirar, y, además, lo hace honestamente, de quien sabe comprender e interpretar los mensajes y las actitudes de los que nos rodean y dicen las cosas que dicen. Por eso señalamos antes que nos ponía los pies en el suelo. Almudena Grandes plantea y deja las cosas en su sitio, y desde ese mismo lugar hace suya la crítica, y eso es de agradecer: nos sirve para asumir la realidad, tal vez futura, y por aquella máxima de que la Historia siempre se repite.

La escritora de los Episodios de una guerra interminable es capaz de elaborar un catálogo de intransigencias y pretensiones políticas que unos cuantos estarían dispuestos a (a)firmar hoy mismo; sin embargo, la España que Almudena Grandes soñó, y enarbolaba como si una bandera fuera, es otra muy distinta a la que sobresale en la novela: apreciaba una España diversa, culta y tolerante. Acaso como la de Galdós o Machado. De ahí su permanente empeño en que los hechos narrados estuviesen perfectamente enfocados, al mismo tiempo que su vida se mostrara tan inestable y, acaso, sorprendente.

Es Almudena Grandes una escritora con la que siempre habrá que contar para entender esta realidad y este país de los últimos años; y este relato final hemos de enmarcarlo debidamente en su dilatada trayectoria novelística, más que nada para seguir en contacto con quien nos sabía regalar tiempos de lectura.

Y a la que siempre echaremos de menos.

Las palabras finales de Luis García Montero no solo nos devuelven a la actualidad, sino que, además, allanan el camino para que la reincorporación, después de leída la novela, sea sencilla, adecuada, humilde, serena y sincera. Y deben saber, también, ustedes los escritores, que nunca estarán solos: nos encontraremos en algún cruce de líneas, en una rotonda de páginas sueltas, quizás, olvidadas intencionadamente, y en unos rincones donde la lectura se verifica y donde se concibe el aroma que desprende el libro siempre abierto, mientras que adivinamos, al fondo, la luz del otoño en la estancia iluminada por el tibio sol de la tarde, que, tras las suaves, ligeras y delicadas cortinas, nos ofrece la extraña luminosidad de que Almudena Grandes nos está mirando.

Porque leerla es como si la devolviéramos a la vida.

(enseñARTE, 61)
Juan FERRERA GIL

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