Acabamos de leer una novela de 900 páginas donde, aparentemente, a pesar de su extensión, percibimos la extraña sensación de que no ha pasado nada; bueno, sí: la vida de los Effinger, desde 1878 a 1948. Todo un mundo, toda una forma de pensar y vivir se dan cita en este novelón en el que los personajes crecen a nuestro lado a medida que avanzamos en su lectura, en perfecto paralelismo y equilibrio, donde las dotes de escritora rigurosa y solvente de Gabriele Tergit, Los Effinger, Una saga berlinesa, Libros del Asteroide, Barcelona, 2002, a la que desconocíamos completamente (¡hay tanto que leer!) se verifican con clara luminosidad en los diferentes registros que la índole de los variados personajes presentan. Se nos dice, al principio del libro, que la autora tardó unos quince años en escribirlo y cuando se publicó en 1951 apenas tuvo relevancia. ¡No nos extraña!
Así como buena parte de los capítulos se caracterizan por su extensión y con diversas escenas, a medida que llegamos a los últimos, en cambio, destacan por su extraordinaria brevedad, como si el final de todo relato pudiera contarse con menos palabras y donde la persecución sufrida por los judíos, en la Alemania nazi, dejara de ser una mera intuición o especulación para convertirse en una horrenda y cruel certeza. Esta precipitación acaba, como no podía ser de otro modo, con una lograda descripción que no solo engrandece el conjunto sino que la nueva realidad que muestra el Berlín de 1948 surge como si el país, y Europa toda, despertara de un inexplicable sueño de odio, terror y guerra. Debe ser algo así como lo que queda después del “¡ya fue!”: una lentitud desconocida y extraña, un mundo de palabras no dichas, un triste balance familiar de destrucción, dispersión y muerte de una saga a la que hemos visto nacer y crecer y en la que sus muertos, inevitablemente, nos tocan de cerca.
No hay ninguna duda: Gabriele Tergit sabe lo que quiere contar y, además, dispone del tiempo a su manera. A veces se detiene en nimiedades, acordes con el momento en que se vive, y, otras, en cambio, acentúan el dolor de la saga familiar en la que hay de todo, absolutamente de todo. No ha creado la escritora una familia perfecta; sino una más, ¡que no es poco! No solo podemos apreciar los distintos cambios sociales que sobresalen de sus páginas, sino, también, las diferentes formas de mirar: los variados personajes dan fe de ello. De lo que se deduce que las dotes artísticas de Gabriele Tergit están más que demostradas: cuenta la historia de unas vidas lenta y pausadamente, hasta que todo se precipita en la intransigencia, en el odio y en la estulticia y, sobre todo, en el dolor, que se agudiza hasta límites impensables. Dolor que podemos imaginar, solo imaginar, que se reproduce continuamente: Ucrania, ahora, es un buen ejemplo de ello: las inevitables guerras no sirven para nada. ¡Para nada!
También podemos apreciar y sentir cómo las ciudades van quedando atrás, acompañadas del sempiterno poder económico que marca la vida de sus habitantes: inflación, viviendas inalcanzables, paro: igual que ahora: andamos metidos en una enorme rueda que gira y gira, donde las dependencias con otros países resultan más cercanas de lo que imaginábamos. En definitiva, no hay nada nuevo bajo el sol. Todo, o casi, lo que nos sucede ahora ya tuvo su etapa anterior en la que arrasó, de distinta manera, por miles de seres humanos. Por eso, Los Effinger, la historia detenida de una saga berlinesa, nos ha gustado tanto: porque se refiere a personas normales y con iniciativas, acompañadas de otras miserias, que se enriquecieron en su momento y, posteriormente, dejaron este mundo despojados de su poder, de sus casas y de sus modos de vida. Son tantos los matices y detalles que la novela presenta, y tan importantes, que nos resulta tarea imposible referirnos a unos y dejar atrás otros.
Estimado lector: si no le tiene miedo a las novelas largas y lentas, no se la pierda: en ella podrá encontrarse con la vida y con la muerte, donde todas las cosas tienen un final, que, aunque lo sepamos de antemano, siempre se nos olvida. A nosotros, que tenemos gustos peculiares, nos ha encantado el libro. Pero no olvide, inteligente lector, que para gustos, colores. Como siempre sucede.
Gabriele Tergit nos enseña el pasado. Y eso es una proeza que, en nuestro tiempo, nos coloca en el sitio exacto y preciso.
Así que esta novela larga y profunda, Los Effinger, la sentimos como una verdadera conquista.
Juan FERRERA GIL






























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