La cueva madre

Opinion

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De todos es sabido que, desde la noche de los tiempos, la cueva ha simbolizado el seno materno donde se gesta la vida, un espacio oscuro e íntimo que resguarda de las asperezas de fuera.

Paseando por Valleseco para disfrutar del efecto de la serena lluvia que cayó hace poco, me metí en el Barranco de la Virgen y me quedé impresionado por la frondosa vegetación y, sobre todo, por la profusa cantidad de cuevas que hay en sus montañas.

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Absorto iba en mi paseo cuando vi venir hacia mí a un señor bastante mayor, que caminaba derecho como una vela, con agilidad, y se acompañaba de un perro negro, al que agarró y puso una correa.

-No te preocupes, mi niño, que no hace nada. Puede que imponga su complexión  pero es sólo fachada. Es una perra muy tranquila –me dijo, soltando de nuevo al animal, el cual, con la lengua fuera, con simpatía, vino hacia mí moviendo el rabo, como saludándome. 

Sin más, mientras contemplábamos a Kora, que así se llamaba la perra, jugando en los charcos, saltando en el aire tras ver volar a una alpispa, o lanzado tras un ratón de campo que escapó de milagro,

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… mi acompañante me contó una historia conmovedora y preciosa:

-Yo nací en la primera cueva que se ve desde aquí. La de la derecha. Mi madre, que murió cuando yo tenía siete años, me dijo varias veces que a ella la había parido la cueva, porque a mi abuela, que se encontraba sola, se le adelantó el parto y tuvo un desvanecimiento del dolor tan grande que sintió.  Y así, desmayada, dio a luz. Y desde ese momento consideró que la cueva era la verdadera madre de su hija, porque fue de las entrañas de la cueva de donde surgió la fuerza que la ayudó en el parto.

Sorprendido, casi atónito, lo miré y él siguió hablando de su madre, que adoraba  la cueva, a la que hablaba con respeto y cariño, la cuidaba, tocaba sus rugosidades con ternura, la pintaba, la adornaba con flores del barranco.  De seguido, hilando frases, me habló  de la laurisilva del lugar, un reducto de lo que, en su tiempo, fue la Selva de Doramas;

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… del caidero que lleva agua todo el año; del sanguino, que se llama así porque sus frutos parecen gotas de sangre;

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… de la salvia blanca, tan buena para purificar el alma, del eucalipto y los mocanes, el tomillo y el poleo, la retama, el escobón, los veroles y cerrajas que crecen en los riscos y cantiles, del alhelí de la cumbre…

Me dio una lección completa de la flora del barranco y también de la fauna, pues me habló de la chocha perdiz, el pinzón común, la curruca, el pájaro picapinos, la paloma rabiche, el petirrojo, el murciélago, el gato silvestre…

Me encantó la conversación con aquel hombre, más bien el monólogo que me dedicó, y me fui del Barranco de la Virgen, al que él llamaba Barranco del Pinillo, pensando en la sabiduría de la gente mayor, del respeto que merecen y, sobre todo, en la última frase que me dijo, en la que declaraba que él también creía que la cueva en la que moraba era su madre. 

Texto: Quico Espino
Fotos: Ignacio A. Roque Lugo

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