Las manos de la anciana

Opinion

lasmanosdelaancianajuanaHay quien dice que la arruga es bella y que las manos, aunque arrugadas, saben muchas cosas que el corazón ignora. Yo creo que si queremos llegar a viejos tendremos que aceptar las arrugas, pues son señales de vejez.

Hace poco conocí a una señora mayor que conversaba con sus manos. 

Sentada en su sillón, la anciana de cabellos blancos, tez morena surcada de arrugas, le habla a sus manos que reposan en su falda, relajadas unas veces, otras crispadas, o como puños amenazadores. 

Me acerco a ella sin que advierta mi presencia, solo por escuchar su monólogo. Al oírla cómo les hablaba, se me encogía el corazón.

-Pobres manos mías, tan viejas, tan arrugadas y cansadas. Antes jóvenes, dispuestas siempre a acariciar con el fuego del amor a mi compañero y con ternura a aquellos hijos que amé y cuidé. Ahora me acompañan, en mis recuerdos, tan gastadas como yo. 

Se acaricia las manos mientras les sigue hablando, recordando la primera vez que esa caricia fue compartida furtivamente por unas jóvenes manos varoniles, en aquel bello y precoz amorío, que disfrutó en un rincón del parque cuando su juventud florecía. Se abstrae en el recuerdo con una sonrisa y la mirada fija en un ayer remoto. 

Sigue la anciana ahondando en su alma y, llevando las manos a su cara, las mira alzando un poco la voz, diciéndoles : 

-Cuántos trabajos en aquella finca ajena, plantando, amarrando, regando. Y qué gloria los primeros frutos recogidos por ustedes, manos trabajadoras, de las que luego una se extendía para recoger el mísero jornal, injusto, que apretaba con rabia impotente. 

Ahora ella crispa las manos y bajando la voz les dice: 

-Qué valientes fueron ustedes, manos mías, aquella vez que el capataz intentó algo deshonesto conmigo y una dejó la huella en su cara. Por ese hecho valiente me pusieron en la calle. Aproveché esa oportunidad para optar por la aparcería en el sur, y allá abajo me fui llena de esperanza. 

-Fue en esa parte de la isla donde encontré el amor. Ustedes levantaban con esfuerzo un cereto lleno hasta los bordes de tomates cuando otras manos, fuertes y morenas, las ayudaron a cargarlo. Bendito aquel día que conocí al dueño de aquellas manos. Fue mi compañero hasta su muerte. Con ustedes, manos mías, y con las suyas, forjamos un hogar, una familia. 

La anciana vuelve a dejar relajadas sus manos en la falda mientras, suspirando, continúa hablándoles con voz emocionada: 

-Las caricias que dedicaban a mis hijos con ese tacto áspero, les devolvían la suavidad que habían perdido. Y nunca, nunca, se levantaron para castigarles.

-Con dolor recuerdo aquella vez, manos mías, que se elevaron al cielo como puños amenazadores. Yo gritaba enloquecida; le recriminaba a Dios haberse llevado a mi hijo  Luis, que murió chiquito de aquella enfermedad que ya no recuerdo. Perdí las amistades con Él por mucho tiempo.

La anciana se calla y un sollozo se le escapa cubriéndose la cara con sus manos y yo me voy a mis quehaceres con el alma llena de congoja, respetando su dolor y sus recuerdos. 

Vuelvo al rato a darle la merienda. Tiene sus manos descansando una sobre otra y yo, instintivamente, las acaricio llena de respeto. 

Texto e ilustración: Juana Moreno Molina


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