Siempre nos ha llamado la atención el instante inmediatamente después, donde todo queda suspendido en el desconocido, misterioso y oscuro rincón del “¡ya fue!”.
Por ejemplo, lo que sucede tras una actuación musical: desmontar todo el tinglado, que se dice pronto. O, también, después de haber regalado una escultura a sus paisanos en el Parque Municipal de Arucas, ¡casi nada!, donde quedará para la posteridad con el insistente deseo del escultor de que pueda ser admirada y recreada, y, sobre todo, sin olvidar el gesto generoso del artista. O seguidamente de inaugurada una exposición. O la presentación de un libro. Otrosí, al finalizar una fuerte discusión sobreviene el silencio y, acaso, la verdadera reflexión que se resistía en palabras no dichas. Situaciones hay muchas donde elegir. Esta breve propuesta solo es para situar el artículo. O lo que esto sea.
Pero vayamos al grano.
Lo que queda de las cosas: el amplio panorama de las sencillas palabras, que, en sus distintas variedades y formas, se yerguen como esbeltas torres hacia el cielo de la lentitud y de la tranquilidad. Palabras que vuelven a recuperar su primer y original significado, luego de tropezar con las delicadas nubes, atrapado, fundamentalmente, en los cuentos infantiles; palabras capaces de proyectar imágenes de superación y que definen, en su conjunto, una manera de ser y sentir; aunque, a veces, hay palabras que esconden otras palabras.
Lo que queda de las cosas: mirar a través de la ventana y descubrir que el parque de enfrente ha cambiado en su fisonomía y en su paisanaje y, ahora, que se aventura en su soledad, solo sabe esperar el momento en el que la gente regrese, lo disfrute y lo haga suyo nuevamente: entonces volverá a sonreír en el silencio, donde la mirada de los otros ha encontrado un sitio donde descansar.
Lo que queda de las cosas: no solo se presenta como un enigma casi cotidiano sino que, cuando irrumpe en nuestro camino, salpicado de baches, se escabulle al constatar la sensación de que la irrealidad constituye una de sus características más notorias y peculiares.
Esta doble fantasía, en cuyo interior nos sentimos como formando parte de su argumento, viene a ser algo así como el verso de un poema que no tolera su paso al folio y, acaso, el lienzo vacío que no hemos llegado ni siquiera a esbozar mínimamente o la partitura que aún sufre en el papel pautado: todo está por empezar.
Lo mejor será parar, esperar y descansar.
Intentar apresar, como si fuera la primera vez, el aroma de la existencia, podría ser el siguiente paso en el baile.
¡Y, sobre todo, disfrutar!
Juan FERRERA GIL






























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