Chispas de oro

Opinion

cispasignacio

Es bastante usual escuchar que la realidad supera la ficción. Nos asombramos a veces viendo una película o leyendo una novela, aunque los argumentos que se esgrimen en una u otra sean habituales en nuestras vidas cotidianas, como es el caso del film Mediterráneo, dirigido por Marcel Barrena, que toca el delicado tema de la inmigración.

Los personajes interpretados por Eduard Fernández y Dani Rovira viajan a la isla de Lesbos, en Grecia, impactados por la imagen de un niño inmigrante que aparece ahogado en las aguas del mar Mediterráneo, y a mí, la primavera pasada, un día entre semana que me encontraba adormilado al sol en una recóndita caleta del sur, entre Tauro y Mogán, me pareció estar viendo, de pronto, una película con la misma temática.

En este caso la realidad superó la ficción una vez más, tanto para bien como para mal, pues de los pasajeros que hacían la travesía en una patera se salvaron unos cuantos, entre ellos el chiquillo de la imagen que ilustra este relato, y se ahogaron otros, a los cuales rescataron días después.

-¡Chacho, miren eso! –dijo uno de mis amigos, el que sacó y editó la foto del niño saliendo del agua. Su esposa y sus hijos, ya galletones, estaban tumbados boca abajo en la arena, al igual que otra pareja y yo, cuando escuchamos la llamada de atención. No había nadie más que nosotros en la playa.

Nos levantamos enseguida y nos acercamos a la orilla con las toallas en las manos. El niño que salía del agua, casi desnudo, tiritando, caminó despacio hacia una de mis amigas y se abrazó a ella, en busca de abrigo y consuelo, y rompiendo a llorar tan pronto ella lo acogió en su regazo. Los demás, sobrecogidos, nos dedicamos a ayudar a los otros inmigrantes, varones adultos todos, que, ateridos de frío, desfallecidos, se dejaban caer sobre la arena.

Pasado un rato, mientras los recién llegados suspiraban relajados mirando al mar, abrigados con nuestras toallas y comiendo los bocadillos de queso y tortilla que les dimos, llamé a la policía y, poco después, se presentaron varios agentes y se llevaron a los inmigrantes al Centro de acogida de Aguineguín.

Y cuando se alejaban, yo pensando en lo cruel que puede ser la vida, en lo mal que va este mundo, el niño de la foto, al que tuvieron que separar de mi amiga pues no quería despegarse de ella, se sacudió el pelo y saltaron al aire miles de gotas de agua que, bajo los rayos del sol, parecían chispas de oro.

Texto: Quico Espino
Imagen: Ignacio A. Roque Lugo

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