La fábrica del Ron Arehucas posee una singular belleza arquitectónica que se funde con la Montaña que a sus espaldas habita y marca el contorno, como poniendo los límites. Las dos viejas chimeneas parecen competir con las torres de la cercana iglesia en su elevada estatura. Y las dos palmeras, como hermanas gemelas, que presiden su patio no solo hablan de respeto a la Naturaleza sino que parecen saludar a las numerosas personas que cada día recalan por el lugar.
Es la fábrica una parte más de la ciudad desde la que se abre al mundo. Nunca un detalle nos había llamado tanto la atención. De lo que se infiere que los pequeños rincones son tan importantes como el conjunto todo. Aunque, improbables lectores, convencido estoy de que no les estoy diciendo nada nuevo. Pues eso.
Juan FERRERA GIL































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