Kora
Esa mirada expresa nobleza y lealtad. Lo saben bien quienes la llevan a pasear por lugares en los que ella camina y corre libremente: el Pico del Rayo (en la Montaña de Osorio), Valsendero, el parque de Montaña Cardones, Los Chorros…
Jadeante, con la lengua afuera, las orejas agachadas y el rabo tieso y juguetón, Kora contempla embelesada el viñátigo de hojas rojas, el cielo azul y la media luna blanca, la cual parece estar buscando su otra mitad.
Camina luego, serena, satisfecha, por frondosos senderos, a la sombra de los árboles,
y contempla el camino, húmedo aún por la llovizna de la mañana, y el tronco acostado en la tierra, fundido con ella.
Madera y tierra se fusionan a lo largo de su paseo por estos idílicos parajes, en los que, a veces, se echa a correr detrás de una mariposa o de un pajarillo que picotea por el suelo y que, asustado, va a posarse en la raíz de un árbol que repta por un risco.
Raíz y piedra se abrazan efusivamente ante su mirada y Kora siente entonces el impulso de cambiar de colores y corre hacia un flamboyán de Madagascar, vestido de rojo chillón,
y acaba su paseo mirando la puesta de sol. Un llamativo pitón, de ramas sugerentes, trepa hacia un cielo de nubes esponjosas, amarillas y blancas.
Para despedirse del día, Kora, que tiene nombre de instrumento musical africano, ladra varias veces al sol, que se está poniendo, y se lanza a correr, con el rabo tieso y juguetón, cuando oye la llamada de quienes la sacan de paseo, su familia, para regresar a casa.




































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