¿Es posible reconvertir los programas electorales en contratos?
Ni que decir tiene, que los partidos cada día hacen los programas más largos y confusos. Un programa electoral, ya lo dije en un escrito anterior, debería ser un ejercicio de honestidad y transparencia ante los electores, y no un documento inconexo que presumiblemente, sólo unos pocos leerán, como suele acabar pasando.
Ahora mismo se critica, a cualquier gobierno local, insular, regional o nacional; porque, lo más habitual, es que incumplan sus programas y también sus promesas electorales; No obstante, esto último podría tener solución, ¿cómo?, pues, convirtiendo los programas en “contratos”; no sería nada fácil, pero sí que podría ser viable; sobre todo, si se dijeran cosas tan elementales, como ¿quién sería el conciliador?, o, ¿en qué porcentaje de promesas? o más concretamente, ¿en cuáles, fijamos el umbral antes de condicionar a cualquier aspirante a presidente de cualquier corporación pública?.
Obviamente, este hecho, no obstaculizaría para nada, la exigencia de que los programas debieran ser siempre auditados; preferentemente, vía organismo oficial, pero eso, sí; sin olvidarnos nunca, de que los ciudadanos siempre deberán ser la clave principal.
Los políticos, a lo largo de la legislatura, y en particular, cuando empiezan a oír el runrún de la gente, sobre el incumplimiento del programa y las promesas, y mucho más, cuando se aproxima la campaña electoral, se excusan fácilmente de la contravención de lo prometido, con frases tales como, “es que ahora, que estamos en el gobierno, hemos visto que la herencia que nos dejaron los anteriores inquilinos, es manifiestamente peor de lo que augurábamos; así que no ha sido posible dar cumplimiento a los deseos o promesas que les hicimos, en su momento”. O, también, “hemos decidido poner una mirada de más largo plazo”; y al propio tiempo, aprovechan incluso para pedir, “un voto de confianza, alegando que, a día de hoy, no se puede cumplir con el programa, pero en cuanto las cosas mejoren seguro que se harán”; así que paciencia; y, por último, nos suelen decir, “que como la política es circunstancial e imprevista, no les queda más remedio que adaptarse continuamente a los imprevistos”. En pocas palabras, finalmente dirán que tampoco podrán cumplir con lo convenido.
Por supuesto que, sería ingenuo pensar que los partidos siempre se desvían de sus programas y promesas por objetivos nobles o circunstancias sobrevenidas. Las elecciones son mecanismos imperfectos, y los partidos intentan aprovecharse de ello, para no perder el poder. Por ejemplo, un partido que, a lo largo de una legislatura, incumpla reiteradamente su programa, no tiene ningún castigo o sanción; por lo que, aun faltando a lo prometido, podría seguir en el gobierno, en el caso concreto de que no hubiere alternativa; y lo que es peor todavía, también podría continuar en mandatos futuros, si lograra reeditar una coalición electoral, que lo mantenga en el poder.
Del mismo modo, como el voto es un mecanismo que evalúa el pasado y al propio tiempo, encarga un proyecto de futuro, los partidos suelen mezclar ambas dimensiones. Quizá por eso, la ideología y la confianza en nuestros representantes son los únicos carriles que permiten cierta desviación de una promesa. Si logran transmitir, que se hace en congruencia con unos valores dentro de un relato ideológico, o se confía en el político que lo hace, el impacto del incumplimiento será, sin duda, mucho menor. Ni que decir tiene, que, si mantienen la palabra, son coherentes y creíbles, han ganado mucho de cara al elector.
Juan Reyes González






























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