Pelos en la leche

Opinion

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-Mira, mamá. Ahí viene el ganado de Pepito Romero –comentó mi hermano mayor, que acababa de cumplir diez años. El sonido de los cencerros resonó por el campo, ensordeciendo cualquier otro ruido.

Eran habituales tanto la llegada del ganado como el comentario, que a veces era yo quien lo decía, mientras mi madre ordeñaba las cabras y nosotros esperábamos con las escudillas en las manos a que nos llegara el turno. La lata del gofio estaba a nuestro lado.

-¡Mamá! ¡Están cayendo pelos en la leche! –dije, regañado, de cuclillas, con el cuenco situado bajo la ubre de la cabra, mientras mi madre, sentada en una pequeña banqueta de madera, procuraba no escatimar ni una gota del preciado líquido.

-Pues ahora los quitas, mi niño, que eso no es nada del otro mundo –dijo ella mientras llenaba nuestros recipientes, y el suyo propio, antes de acomodarnos los tres en el suelo.

A continuación abrió la lata del gofio, echó dos cucharadas rebosadas en cada escudilla, y nos dispusimos a dar buena cuenta de aquella deliciosa merienda.

Mientras comía, la mirada de mi madre, después de observar cómo las cabras entraban en el redil, se perdió en el atardecer por las montañas lejanas y entre las nubes que danzaban en el cielo, en las cuales siempre creía vislumbrar caras, siluetas o perfiles de personas y animales que solía describir con pelos y señales.

-¿No ven el cuerpo de una niña tendida boca arriba en aquella colina? ¿No les parece que esa nube tiene la figura de un dragón? –preguntaba, en tanto que saboreaba la leche con gofio, que, como ella decía, levantaba a un muerto.

Nosotros asentíamos ante cada apreciación de nuestra progenitora, y yo, a lo largo de mi vida, cada vez que contemplo un paisaje, veo rostros y cuerpos de hombres y mujeres en las montañas, con sus bocas recortadas, ojos abiertos iluminados por el sol, o nubes como pájaros enormes, sobre los cuales me encaramo para volar con la imaginación.

Y siempre me viene la imagen de mi querida madre y de aquellas tardes inolvidables que pasamos juntos.

Texto e imagen: Quico Espin


 


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