Canto a los barrancos

Opinion

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“Nuestras vidas son los ríos que van a parar al mar, que es el morir”, escribió Jorge Manrique en las Coplas a la muerte de su padre, poema que siempre me ha encantado tanto por su contenido como por su métrica.

Nuestros ríos son los barrancos, sobre todo cuando la lluvia los hace correr, y también, en su mayoría, van a parar al mar, donde las aguas dulces se funden en un abrazo con las aguas saladas y las fertilizan.

La infancia de muchos de nosotros está llena de barrancos. Yo, y muchos de mis amigos de Ingenio, nos criamos “al solajero” en un barranquillo llamado Culo Pesado, nos bañamos en sus charcas, nos “enguilgamos” a las ramas de los árboles que le daban sombra, naranjeros, higueras, aguacateros... y teníamos una cueva como cuartel general. Nos pasábamos horas allí, hasta que el sol se ponía.

El Barranco de Guayadeque lo conocí más tarde, a los nueve años (nos llevó un maestro de excursión hasta Montaña las Tierras) y a partir de entonces siempre íbamos todos a celebrar allí el día de “los Finaos”.

Después fueron muchos los barrancos que visité, especialmente el de Guguy ( o Güigüí, como dice mucha gente), en La Aldea, un paraje maravilloso al que fuimos un montón de veces mis amigos y yo, donde nos encontramos con una pareja, Quico y Gabriella, que vivía allí con sus retoños.
Una hija de ese matrimonio, Ainhoa de la Lluvia Urdiales Rossi, acaba de presentar un libro titulado “Nuestra vida en Guguy”, en el que cuenta las vivencias que tuvieron ella y sus hermanos, criados y educados en aquel lugar tan idílico, lejos del mundanal ruido.

El Barranco de Tirajana, el de Masca, en Tenerife, el del Valle de Agaete, que, cuando corre, lleva tierra y piedras y palos que preñan la mar, el Barranco de los Encantados o de los Enamorados, en Fuerteventura, y un largo etcétera, todos ellos, al sol, han sido escenario de un montón de vivencias, romances incluidos, de un buen número de personas que conozco.

Por eso quiero dedicar un poema a todos los barrancos canarios, porque, aparte de ser nuestros ríos, tienen un encanto especial, te atrapan cuando estás metido entre sus montañas y laderas, verdes, marrones, encarnadas, como tapices naturales. Tienen imán. Hay magia en el aire que los envuelve.

El poema que les dedico se titula Romance en el barranco:

Suena el agua en la cascada,
huele a eucalipto el barranco,
a jazmín, a hierba buena,
a incienso moro del campo.

Los almendros florecidos
el cielo pintan de blanco
y se enredan las piteras
al pie de los pinos altos.

Las montañas, con tus ojos,
de mirar color castaño,
se encrespan, como mi cuerpo,
que está añorando tu abrazo.

Se arrebolan las palmeras,
titilan del sol los rayos
cuando te quitas la ropa
y penetras en el charco.

El agua azota tu piel.
¡Eternos besos mojados!
Tus ojos de pura miel
y tu pecho enamorado.

Revienta de azul el cielo,
se oye el canto de los gallos
y los suspiros corean
el trino de los calandros.

Suspiros que lleva el agua,
surcando barranco abajo,
para recibir el beso
de la mar que quiero tanto.

Texto: Quico Espino
Imagen: Ignacio A. Roque Lugo

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