El marcado

Opinion

segadorAlgunos estudiosos genealogistas sostienen que muchos de los habitantes de Gáldar descienden directamente de los antiguos canarios, que no todos fueron exterminados durante la Conquista. Me entusiasmó tanto la idea de que alguna gota de sangre de aquella valerosa raza siga circulando por nuestras venas que me atreví a escribir el siguiente relato:

Le llamaban el marcado por la mancha rojiza que tenía en la parte derecha de la cara. Vivía con su familia en una confortable cueva situada en el poniente de la ladera que da al frondoso barranco cerca del camino que llega a Laguete.

A pesar de que sus vecinos lo miraban con cierta repulsa, lo apreciaban y respetaban por ser nieto de un guayre. No era guerrero. Poseía ganado, sembraba cebada y trigo en unas tierras llanas circundadas de higueras.

Vivía feliz junto a su mujer y dos niñas pequeñas. Una de ellas heredó la mancha roja de la cara.

Cuando Agaldar fue invadida por la soldadesca castellana, este aborigen huyó con su familia a los Altos de la isla. Culminada la conquista regresaron al poblado, encontrando su cueva intacta. Los usurpadores fueron condescendientes con él y respetaron su pequeña posesión por ser pariente de noble y por no haber usado armas contra ellos.

Sus hijas casaron. Una con un soldado castellano y la joven de la marca con un judío converso, quedándose a vivir en la cueva.

Pasado un tiempo, los descendientes, ahora mestizos, de la mujer marcada fueron heredando la cueva y sus tierras. Posteriormente construyeron una casa de piedra volcánica con tejas a dos aguas en su cercanía y se mudaron a ella.

Por la necesidad de sobrevivir y por el miedo a la Inquisición, hicieron lo posible por
integrarse en la cultura de los conquistadores y asimilar sus costumbres. Así fueron renegando de sus antiguas creencias y de su ancestral cultura.

Fueron devotos cristianos bajo la advocación del Señor Santiago, vistieron como ellos y acudieron a misa. De aquel mestizaje primario fue quedando poco y, ya olvidado, surgió el canario moderno con su propia idiosincrasia.

Ya en el siglo XX, el lugar de aquella casita lo ocupa ahora una casa de labor de dos plantas.

Un día, las niñas nietas de la casa pidieron permiso para entrar en la cueva. Ellas sabían que guardaban ricos tesoros para jugar: collares de barro y de caracoles, ollas de barro, esteras de palma, triángulos extraños de barro...

La abuela les da permiso, pero con la condición de no sacar nada de allí, recordándoles que son “cosas maloficiadas de los antiguos paganos que vivieron en ella, que Dios nos libre y guarde de sus ánimas ”, y les advierte que se santigüen al salir.

La abuela tenía una mancha cárdena en el lado derecho de la cara y estaba convencida de que fue consecuencia de un antojo no satisfecho de su madre.

Texto: Juana Moreno Molina
Ilustración: Antonio Juan Valencia Moreno

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