Siempre han existido, el poli bueno y el poli malo, así nos lo han mostrado, y nos lo siguen mostrando, la multitud de seriales de televisión y las pelis que vemos en el cine o en la pequeña pantalla del televisor o en las tablas de un teatro. Los hay educados, serviciales, atentos, profesionales, dedicados, y los hay maleducados, los menos, casi mudos, sin voluntad de servicio, prepotentes, creídos, con la necesidad imperiosa de una cura de humildad. Y de todo eso se ve sin ir muy lejos, aquí mismo, en el guanartemato de Agáldar. La ciudadanía está muy enfadada con las actuaciones que llevan a cabo estos polís nuevos, en el remanso de paz que era el reino de Agáldar, dónde los polis malos, malísimos, aparte de las armas reglamentarias, se han dotado de armas tecnológicas de destrucción masiva; las cámaras callejeras y los móviles. Con ellas las sanciones llegan por doquier, lo mismo da el parar que estacionar un minuto que diez, lo mismo da que tengas problemas de movilidad o que no, el sagrado cumplimiento del deber está por encima de todo, excepto para ellos, que tienen patente de autoridad, intocables, como si a la brigada de Eliot Ness pertenecieran. No obstante, también los hay, los polis buenos, y cáspita, son mayoría, saludan, comparten, sonrien, conversan, ayudan... Si pueden evitar la dureza, lo hacen, con un cariño infinito,se acercan, te tocan en tu casa, te abordan en la calle, en la plaza, en el bar, te preguntan y te invitan a que corrijas acciones, sin la necesidad del uso de las armas de destrucción masiva, pues no en vano, saben de las consecuencias que ello conlleva, que con los efectos colaterales que generan, no son, para nada, deseables. ¿Y porqué ocurre esto? Dicen, se comenta, se rumorea, se chismorrea, que algunos de estos polis llegados al reino, se encuentran lejos de casa, se sienten tristes, solos, sin cercania, fuera de su zona de confort, y por ello, quieren comisiones de servico, justicia poética, para irse, acercarse... y claro, como ello, de momento, no es posible, el berrinche lo descargan con la buena gente del reino, ejerciendo esa profesionalidad y celo desmedido en el cumplimiento del deber que a muchos enoja y a otros les parece incomprensible, rogándoles que al menos sean felices, que no hay mal que cien años dure, ni tampoco, cuerpo que lo resista.



























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