Un mendigo con barba enmarañada se acerca al contenedor de cartón. Mete medio cuerpo, las piernas esqueléticas le cuelgan, un zapato se le cae. Va sacando los cartones plegados y los lanza al suelo. Encuentra cadáveres de conejos en una caja de zapatos, media biblia quemada, unos brazos cortados de muñeca o de niña, y una almohada con piojos…
Luego va al contenedor de vidrio, mete la mano y saca media botella de orujo blanco… se pone el zapato que está en el asfalto. En el árbol de enfrente hay un par de sillas marrones, una mesa plegable y un juego de ajedrez con sus respectivas fichas en una bolsa. Arrastra las sillas y la mesa y las coloca en medio de la acera. Se sienta y bebe de la botella, mientras juega. Por su lado pasa una anciana, lo mira con discreción y lo esquiva.
Luego, pasa una mujer rubia de ojos verdes, lo mira, sin disimulo. Él levanta la vista y le grita «¡putaaa!». La mujer camina rápido y desaparece al torcer la esquina en cuestión de segundos. «No sé qué tanto miran, no lo pueden ver a uno sentado tranquilamente en su casa» ─piensa…
Verónica Bolaños




























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