¿CUIDADORAS? El rol de género que busca igualdad

Pedro J. Martín Pérez Lunes, 07 de Marzo de 2022 Tiempo de lectura:

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Las cifras aseguran que el 85 % de los cuidadores no profesionales son mujeres.

Este es el perfil del cuidador más frecuente: Mujer, casada, ama de casa, y con un promedio de edad de 52 años. 

Posiblemente hayas renunciado a una parte de tu vida para entregarte al bienestar de tu pariente. Como cuidador no profesional no solo te ocupas de la persona dependiente, sino que sueles hacerle la comida o la compra o bien a limpiar el hogar. No es una tarea sencilla.

Lo más común es que la cuidadora principal sea la hija (50%) o la esposa o compañera (12%), y en menor medida las nueras (9%); porcentajes que contrastan con los de cuidadores hijos, esposos o yernos, que son del 8%, 5% y 2%, respectivamente.

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Estas características se han mantenido a lo largo del tiempo y, pese a los avances en materia de igualdad de género que se están dando en los últimos tiempos, no hay muchas perspectivas de cambio a corto plazo. 

Una de las razones radica en que sigue muy arraigada en la sociedad la idea de que dentro de la familia es la mujer la que debe cuidar mientras que el hombre debe proveer, por lo que casi siempre es la mujer la que se convierte en la cuidadora familiar.

La decisión sobre quién debe ser la persona que asuma el cuidado del/la familiar dependiente está fundamentada en una elección basada en un falso consenso. Es común oir: “…decidimos que yo la cuidara porque mis hermanos no se sentían capaces…”.

En ocasiones, este falso consenso no necesitó ser planteado dentro del núcleo familiar cercano, puesto que las propias cuidadoras asumieron el rol de agente dispensadora de cuidados de forma natural sin plantear la opción de un familiar hombre como agente del cuidado: “si es que no se habló nada, nada más que hubo que poner solución…”“bueno mi madre quería estar en su casa y yo también…”“empecé a dedicarle los fines de semana y todas las tardes a mi madre y así empecé a cuidarla yo”.

cuidadoras03A esto se une que, una vez que ha sido tomada la decisión de que la cuidadora principal fuera una mujer, se produce un pseudo-reparto de algunas facetas del cuidado. Un reparto, que siempre viene marcado por desigualdades de género. Si la persona que le va a ayudar es un hombre, realizará tareas que responden a características concretas, como: leve compromiso afectivo, corta duración y limitada responsabilidad; mientras que si la persona que proporciona la ayuda es una mujer, el rango de aspectos del cuidado que abarca será mayor y las características de las tareas serán más generales.

Se establece así una falsa sensación de ayuda y fragmentación efectiva del cuidado en la cuidadora.

Esta división inefectiva de la carga del cuidado, sumada a los roles del modelo de género en transición de la mujer crea una doble (persona cuidada y familia) y en ocasiones una triple carga de trabajo (persona cuidada, familia y trabajo) inabarcable, que favorece el deterioro físico, psíquico y social.

La mujer cuidadora se olvida de su propia salud. Cuidar produce un coste muy alto porque deja de cuidarse a sí misma.

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Las mujeres cuidadoras reconocen que su estado físico se resiente: Experimentan cambios en su peso o mayor cansancio, o bien falta de tiempo para hacer deporte e incluso para atender su propia higiene o acudir a citas médicas.

Es por ello que es importante que no todas las tareas recaigan sobre una sola persona y que sea una responsabilidad de toda la familia, con independencia del género, ayudar en el cuidado de la persona dependiente.

Así es necesario reivindicar el derecho de la mujer a gozar de su salud de forma integral, sin restricciones ni exclusión alguna y que pueda compaginarlo con su trabajo y vida social.  En España, la mayoría de las mujeres que cuidan tienen que dejar sus trabajos o reducir sus jornadas laborales.

Para que esto sea posible, se necesita mayor educación, responsabilidad y compromiso de los gobiernos, modificaciones en los servicios de salud, tanto público como privado y participación social. Y, por supuesto, seguir educando en igualdad de género.

Un sistema eficaz de protección a la dependencia permitirá a estas mujeres desempeñarse en el mercado laboral, propiciará la igualdad de oportunidades y generará riqueza.

Pedro J. Martín Pérez
Médico de Familia y Comunitaria

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