Cuando Pepe López venía por la carretera del cementerio, estalló el Movimiento. Regresaba a casa, a almorzar. Se había levantado, como siempre, a las cinco y media para ir a cuidar las plataneras. "Es lo único que sé hacer" contaría años después en la dulcería donde casi todas las tardes iba a tomar su acostumbrado Clipper de fresa. Allí relataba momentos de su vida, de su juventud, de lo que hicieron los falanges, de los terribles pozos, de Eufemiano, de los hermanos Morales...
José Luis Marrero se encontraba trabajando, un caluroso sábado de julio, cuando a la una de la tarde oyó decir que Franco se había levantado contra la República. Lo conocí muy mayor y, a pesar de su edad, mantenía una entereza envidiable. Estaba siempre al tanto de la actualidad y cada vez que regresaba de La Laguna me preguntaba si "los maestros seguían en huelga, este gobierno franquista no sabe valorar el precio de la educación", decía con frecuencia.
Antonio Arbelo araba las tierras en Tirajana cuando a la una y cuarto le llegó el rumor del inicio de una guerra. Ni siquiera hizo caso porque pensó que "eso era páfuera". Continuó trabajando pues no quería entender nada de política. Ya retirado, todas las mañanas pasaba delante de la dulcería y desde la puerta preguntaba a mi hermana:
-- ¿Y el muchacho escribió?
Esta era la excusa para inmediatamente después hablar de su nieto preferido, que también estudiaba conmigo en La Laguna. No comprendía por qué se había ido a estudiar tan lejos si "en Las Palmas con cualquier cosita podía haber tirado".
Ahora que miro hacia atrás los veo paseando por las calles de Arucas. Los recuerdo sentados en los blancos bancos del Parque Municipal, tomado el fresco en las cálidas y apacibles tardes del verano norteño; mucho antes de que llegara esta dichosa panza de burro. Por entonces el parque presentaba un aspecto envidiable. Hoy ya no cuenta con los blancos bancos y las numerosas cañas de bambú están a punto de desaparecer; las flores de mundo ya sólo existen en el recuerdo de los que las conocieron y en las fotos de Manolín. Todos los días se reunían allí. Charlaban, daban un repaso a sus vidas y, antes de almorzar, jueves y viernes, preferentemente recalaban en el bar de los hermanos Dávila para echarse un pisquito de ron. A escondidas, claro.
Antonio Arbelo era el más alto, serio; Pepe López, más bien esmirriado, simpático; José Luis Marrero siempre fue el más guapo: el que había tenido más novias en su juventud hasta que conoció a Josefa González y le entregó todo su amor.
*(Corregido y revisado)






























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