La mujer ventanera, y señora de la casa, que cada tarde de verano se asoma a disfrutar de la vecindad, nunca imaginó que su soltería se alongaría tanto y que llegaría tan lejos.
Cada día lo recordaba: lo idolatraba tanto en su ausencia que, a pesar de las heridas que le había provocado aquel primer amor, nunca admitió lo inútil de la espera en su embobamiento. En aquel año de 1899, en que la electricidad se iba expandiendo por la ciudad, esperó todas las tardes el amor que no llegaba desde las olas saladas. Siempre creyó que aquellas insinuaciones, antes de su marcha, tendrían una segunda parte. Aunque aparentemente había cedido a la presión de sus padres, estaba convencida de que el regreso del navegante arribaría en el Puerto de la Luz más pronto que tarde. Y haría su entrada triunfal al socaire del café con pastas, recurrente y tradicional ceremonia, en aquella coqueta habitación del piano que María de la Luz, su hermana pequeña, tocaba como los ángeles: con olor a mar y a cansancio de algas, el brillo vespertino quedaba tamizado de mirada furtiva a ritmo de habanera.
Era Ángeles Trinidad una mujer fuerte, de convicciones religiosas arraigadas, que despreciaba la parafernalia de resignarse a vestir santos: siempre fue considerada la más moderna de sus amigas y proyectaba una imagen que iba en total desacuerdo con la clase conservadora a la que pertenecía por cuna, herencia y tradición.
Y esperó un año entero el amor imposible.
--- Le daré la vuelta a la habitación del fondo y el pequeño patio trasero servirá para los descansos. Seguramente mis padres pondrán el grito en el cielo: ¿qué hemos hecho mal para merecer este castigo?
El enseñar a leer y a escribir a los niños más necesitados fue motivo sobrado de enfrentamiento: unos pensaban que por tradición y casta estaba fuera de lugar y de tiempo, y otros, tan asombrados se mostraban que ni articular palabra podían. Ángeles Trinidad representaba un nuevo tipo de mujer en un momento donde todo debía encajar en su inalterable sitio y continuar en su engranaje: las cosas son como son, le decía su padre cada tarde de café con pastas en la habitación del piano.
Sin embargo, la terquedad de la hija fue la que la salvó de una vida sin matrimonio, sin hijos, sin descendencia y sin amor. Por eso derivó todas sus fuerzas: le encantaba enseñar.
Y cuando se percató del poder de la imaginación, ya no necesitó a nadie: se bastaba y gobernaba sola.
Bien es verdad que la buena salud y la juventud corrían a su favor. Y gracias a la imaginación no solo aumentó la frecuencia lectora sino que con las clases que impartía a los niños de los empleados de la finca, diose cuenta de que la vida era un libro abierto: los años más felices, según contaría tiempo después al socaire del café con pastas en la coqueta habitación del piano, fueron los más intensos; años en los que no paraba pues tras su desengaño amoroso intentaba luchar contra la pena y el tiempo; más que nada para no lamer sus propias heridas ni esperar en vano el regreso del navegante que nunca regresó.
Y así cobró sentido su vida. Y la completó en la mirada infantil.
Cuando Ángeles Trinidad se asomaba a la azotea, verificaba que el equilibrio arquitectónico del lugar coincidía con el que procedía de su interior. Por eso prevaleció el deseo de dar rienda suelta a sus opiniones y mantenerlas por encima de todo, a pesar de la fuerte oposición familiar y, por añadidura, a la desmesurada presión del entorno: siempre estaba en boca de todos. Y durante los bailes en el Casino Nueva Sociedad percibía, en la mirada de los otros, los reproches nunca dichos y las palabras mudas. Pero mientras sus amigas no le dieran la espalda, cosa que nunca sucedió, sentíase con las suficientes fuerzas para aguantar el chaparrón que había provocado. Cuanto más criticada y vilipendiada se consideraba, ganaba más enteros por la otra parte: los padres de los niños que atendía no salían de su asombro ni sabían cómo agradecer lo que por sus hijos hacía: creían vivir en un tiempo sin tiempo al que no encontraban explicación. La chiquillería, apenas unos diez, no paraba de sonreír y cada carcajada infantil representaba para Ángeles Trinidad una página nueva que se abría en el libro de su vida.
Y aguantó con fe berroqueña.
CARMEN JULIA
En el verano de 1972, Carmen Julia había terminado su carrera de Magisterio. Y más que desear una escuela donde impartir, que también, plantó cara al destino en el pequeño garaje de su casa terrera, donde nunca entró coche alguno, que siempre fue más un cuarto trastero que otra cosa, y lo habilitó como pequeña escuela de las primeras letras y los primeros números. Al principio, incluso, ni cobraba por sus servicios; luego accedió a recibir cualquier donación económica, más por insistencia de los agradecidos padres que por ella misma. Tal era su vocación que se veía recompensada con los primeros alumnos.
Aquella primerísima escuela, casi una guardería, cuando la palabra aún no se había puesto de moda, tuvo un éxito arrollador y totalmente inesperado. Y Carmen Julia pensó que precisamente por eso tendría problemas. Y llegó el primero desde el propio Ayuntamiento: que si estaba titulada, que si tenía permiso, que si Educación Territorial, que si cuestiones ideológicas ahora que el insigne Caudillo se encuentra en horas bajas, que las cosas llevaban su ritmo, que no era conveniente saltárselo, que si había hecho la debida prestación social en la Sección Femenina…
Tan aturdida quedó de aquella sorpresiva visita que limitó “su escuela” a solo diez niños. Y continuó con su hazaña: su terquedad, una garantía. Tuvo que hacer de tripas corazón para explicar a los padres correspondientes los alumnos rechazados (por el momento, repetía), pero no hubo manera, ni por activa ni por pasiva. En aquellos primeros años de los setenta la gente ya no estaba por aguantar el ritmo tedioso y lento de la dictadura y de una administración demasiado inmóvil, aunque llevara el nombre de Movimiento: una comisión de padres se presentó en el Ayuntamiento con la intención de hablar con el alcalde y pedirle que, por favor, aquel servicio que prestaba la maestra no solo resultaba impagable sino que, además de novedoso, venía a abrir una brecha educativa que, sobre todo, representaba un bien para toda la ciudad. Y que la dejaran vivir. Sin embargo, el alcalde, tan emperifollado en su distancia vecinal, y vertical, no movió ni un dedo y alegó que por encima de él estaban las Leyes, las normas, la consideración, que el respeto es muy bonito y que la Justicia lleva su propio ritmo y…
Cuando Ángeles Trinidad se presentó en su coqueto garaje para echarle una mano, un lunes 2 de de julio de calor arrollador, Carmen Julia no salía de su asombro y ni siquiera pudo balbucear las preguntas que se aturullaban en su mente:
--- Mire, doña Carmen Julia, pasaba por aquí, vi la puerta abierta y he quedado maravillada del lugar y, sobre todo, de su trabajo, del que he oído hablar, al que tanto admiro y respeto. Yo, también, en otro tiempo, hice lo mismo muy cerca de su casa.
--- Pero yo no sé quién es usted y…
--- Ni falta que hace. Véame como una colaboradora ocasional y ya está. Pero necesito ropas nuevas, estas son muy viejas. Además, si quiere, le regalo este mantón de Manila, que me trae recuerdos de navegantes perdidos…
Carmen Julia intentó analizar lo que ocurría pero con el trajín diario pospuso lo que no consideraba urgente, como la llegada de aquella extraña colaboradora: no disponía de tiempo para pensar y sí solo para actuar. Aquel verano de 1972 no solo resultó irregular, variado y cargado de valores entre los rayos de sol, sino que, además, había descubierto Carmen Julia que sus amigas, tan dicharacheras y habladoras, no superaban el valor ético y emocional que Ángeles Trinidad le había regalado. “La escuela de arriba” fue popularmente conocida, junto con el folklore que empezaba a despuntar, en parte, debido a la popularidad de “Tenderete”, mucho antes de que las casas de los maestros perdieran el valor permanente del alquiler y la calle adquiriera un sabor educativo que nunca ha perdido. Y lo que parecía que estaba muy alejado de la Plaza, el centro neurálgico de la ciudad que comenzaba a cambiar sus costumbres, se fue acercando sin apenas percibirlo. Incluso Ángeles Trinidad nunca se había acercado hasta aquel descampado en su tiempo: era la Montaña y ya está. Y no había nada.
Y un miércoles, 31 de octubre, después de tres meses que se desvanecieron en apenas un instante de mirada detenida, con el lejano dictador a medio camino del tránsito, Ángeles Trinidad regresó a su casa, a sus niños y a su vida solitaria de enseñanza a destiempo. Un día, asomada en la ventana que daba al parque, sintió un desvaído tan fuera de lugar que soñó vivir en otro tiempo sin tiempo. Y creyó que atrapada se encontraba entre dos vidas. Cuando comprendió que su labor tendría continuidad en Carmen Julia, despertó al olor agradable del aroma del café con pastas. En apenas un instante comprendió que la existencia tenía otra prolongación, acaso dimensión, y que se alongaba a un abismo desconocido. Y creyó estar convencida de que el hecho de mirar a los celajes venía a representar la manera casi perfecta de superar el espacio y el tiempo. Una pequeña sonrisa salió de sus labios delgados y perfectos, como de cómplice, dirigida a Carmen Julia, como dialogando en la distancia: “no eres la única que lo ha intentado… Nos veremos cuando pase este mes de dolor, ausencia y muerte; de todas formas, por si estuviera interesada, me encontrará en algunas de las crónicas del primer cronista: me ha retratado con bastante benevolencia.”
Y Carmen Julia la extrañó durante todo aquel noviembre de 1972, que fue interminable y frío: no paraba de asomarse a la calle, a la ventana, a la azotea por si la veía llegar. Y cuando desde esa misma azotea divisaba la ciudad que se expandía a sus pies, cuando miraba sin mirar, como detenida en los celajes, pensó que la presencia de Ángeles Trinidad había sido más soñada que vivida. Y se dispuso a leer aquel libro desvencijado, que siempre estuvo en su casa, del primer cronista de la ciudad y que su padre sabía casi de memoria.
Y, con las primeras lluvias recién estrenadas, se cubrió con el mantón de Manila, cerca de la ventana, donde la tamizada luz, atrapada en las delicadas cortinas transparentes, se convertía en aliada perfecta de las palabras.
Juan FERRERA GIL






























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