La escultura Aguadora mantiene en la distancia el mismo olvido que en vida sufrió: sobrevive en un solitario barranco, lejos de la vista de los vecinos, entre feraz vegetación y suciedades varias: cómo morir dos veces tan alejada de sus vecinos de Montaña de Cardones parece ser la opción elegida.
Tal vez haya llegado el momento de reubicarla al lado de la Lavandera, por ejemplo, que vive casi en el centro del pueblo, donde el saludo y la mirada se verifican y el homenaje se convierte en permanente.
Quizás lo mejor de todo sea dejar el olvido atrás.
Y colocar a las personas en el lugar que les corresponde: “es de bien nacidos, ser agradecidos”.
Juan FERRERA GIL































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